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444-José María Roa Bárcena



SILVA

¿Por qué nace tan llena de alegría
la sonrosada aurora,
y el sol que las paredes
de la morada mía
desde el Oriente con su lumbre dora,
luce en mi corazón? ¿Por qué las aves
del cielo pasajeras
con trinos más suaves
su música me dan tras las vidrieras
de mi estrecho aposento;
y la flor que respeta
el sol canicular que el cielo inflama,
solo bien del poeta
que por humildes a las flores ama,
se mece a la merced del blando viento?
¿El gozo que estremece mis entrañas
brilla en el cielo, el valle y las montañas,
o es mi corazón donde lo siento?

En él se alberga, sí: brillo más puro
desde aquí presta al sol, al campo, al río:
cual siempre el mundo permanece oscuro;
el luminoso rayo
que a mis ojos lo ilustra es todo mío.

Pasó el florido mayo
con rapidez cual nuestra edad primera,
vino el verano ardiente,
el verdor agostando de la era;
junio agrupó sus nubes, desatólas
y con terrible voz bramó el torrente,
arrastrando en su seno
frágiles amapolas
y el árbol eminente
de cuyas ramas se colgaba el heno;
y en lugar solitario,
salva de lluvias y del fuego estivo,
en pobre santuario
hay una flor con cuyo aroma vivo,
y que pura nacía
pocos años atrás, en este día.

Es flor de un acendrado sentimiento,
del entusiasmo y las virtudes hija,
germen de la esperanza
que hasta en mis horas de tristeza aliento
nació en sólo un momento
y aunque es humilde y delicada y tierna,
ni el sol ni el rayo destructor la hiere,
su belleza es eterna,
su celestial perfume nunca muere.
Bálsamo a los pesares de mi alma
bienhechora prodiga,
mis inquietudes calma
el solo influjo de su sombra amiga
en vano estalla, en vano,
la tempestad del mundo y me rodea
con sus amagos el Poder tirano,
la Ira que en los ojos centellea,
de su metal sedienta la Avaricia,
de la Discordia la inflamada tea,
y doquier imperando
como rey absoluto la Injusticia.
Yo a mi santuario acudo y en su centro
donde brilla la flor de mi ventura,
refugio y paz y bienestar encuentro;
y en tanto que otras almas en la tierra
de su amor agotaron el tesoro,
y de la duda y el error heridas
ya no dirigen su mirada al cielo,
yo al Dios que niegan, reverente adoro
sin querer a la Fe rasgar el velo
y entre la desacorde vocería
que, roto el freno a la maldad, levanta
la muchedumbre impía,
mi voz al Dios de mis mayores canta,
oveja fiel de su redil me llamo,
presto el oído a su palabra santa,
vivo dichoso porque espero y amo.

Bella y cándida flor, cuando a tu influjo
debo mi bienestar, ¿no he de cantarte?
¿No he de decir tu nombre?… Yo lo guardo
como el ave al polluelo cuando brama
la tempestad estremeciendo el polo:
quien te venera y ama
tu dulce nombre ha de saber él solo.

Grato, apacible día
que con el rayo de tu sol esparces
la más pura alegría,
dando al monte esmeraldas,
diamantes al arroyo fugitivo
canto a las aves, a la flor perfume,
de luz diademas al laurel altivo
que blando mece el matutino viento,
¿el gozo que estremece mis entrañas
brilla en el cielo, el valle y las montañas,
o es en mi corazón donde lo siento?

José María Roa Bárcena

620-José María Heredia



EN UNA TEMPESTAD

Huracán, huracán, venir te siento,
y en tu soplo abrasado
respiro entusiasmado
del señor de los aires el aliento.

En las alas del viento suspendido
vedle rodar por el espacio inmenso,
silencioso, tremendo, irresistible
en su curso veloz. La tierra en calma
siniestra; misteriosa,
contempla con pavor su faz terrible.
¿Al toro no miráis? El suelo escarban,
de insoportable ardor sus pies heridos:
la frente poderosa levantando,
y en la hinchada nariz fuego aspirando,
llama la tempestad con sus bramidos.

¡Qué nubes! ¡qué furor! El sol temblando
vela en triste vapor su faz gloriosa,
y su disco nublado sólo vierte
luz fúnebre y sombría,
que no es noche ni día...
¡Pavoroso calor, velo de muerte!
Los pajarillos tiemblan y se esconden
al acercarse el huracán bramando,
y en los lejanos montes retumbando
le oyen los bosques, y a su voz responden.

Llega ya... ¿No le veis? ¡Cuál desenvuelve
su manto aterrador y majestuoso...!
¡Gigante de los aires, te saludo...!
En fiera confusión el viento agita
las orlas de su parda vestidura...
¡Ved...! ¡En el horizonte
los brazos rapidísimos enarca,
y con ellos abarca
cuanto alcanzo a mirar de monte a monte!

¡Oscuridad universal!... ¡Su soplo
levanta en torbellinos
el polvo de los campos agitado...!
En las nubes retumba despeñado
el carro del Señor, y de sus ruedas
brota el rayo veloz, se precipita,
hiere y aterra al suelo,
y su lívida luz inunda el cielo.

¿Qué rumor? ¿Es la lluvia...? Desatada
cae a torrentes, oscurece el mundo,
y todo es confusión, horror profundo.
Cielo, nubes, colinas, caro bosque,
¿Dó estáis...? Os busco en vano:
desparecisteis... La tormenta umbría
en los aires revuelve un oceano
que todo lo sepulta...
Al fin, mundo fatal, nos separamos:
el huracán y yo solos estamos.

¡Sublime tempestad! ¡Cómo en tu seno,
de tu solemne inspiración henchido,
al mundo vil y miserable olvido,
y alzo la frente, de delicia lleno!
¿Dó está el alma cobarde
que teme tu rugir...? Yo en ti me elevo
al trono del Señor: oigo en las nubes
el eco de su voz; siento a la tierra
escucharle y temblar. Ferviente lloro
desciende por mis pálidas mejillas,
y su alta majestad trémulo adoro.

José María Heredia