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130-Shimazaki Tōson



CANTO DE VIAJE AL RÍO CHIKUMA

Cerca de la antigua casona, en Komoro,
las nubes son blancas, el viajero melancólico.
Al pie de la colina ataviada de plata
la fundida nieve se ensombrece bajo el sol...
La paz expande su dulzura
aunque ningún perfume invade el paisaje.
La bruma oculta aún la primavera.
El trigo se insinúa todavía vestido de verde.
Grupos de viajeros se suceden,
apresurados, sobre la ruta pastoril.
¡Oh!¡Cuan plañidera se oye la flauta de Sakú!
Retenido en la posada junto a la orilla
lamida por las olas del Chikuma,
bebo sake, intensamente conmovido,
y reposo un instante.
Ayer todo era de esa manera
y hoy continuará como entonces.
¿Por qué inquietarnos en esta existencia?
¿Qué cosas nos demandará el mañana?
Muchas veces descendí hacia el valle
donde se marchitan los sueños de gloria y decadencia.
Vi las aguas calmas, hesitantes,
formando remolinos en la arena.
¡Ah! ¡Cuánto podría contar la vetusta casa!
¿Y cuánto nos responderían las olas del río?
Continúan apacibles, soñando con los días antiguos.
Un siglo: ¿Y no es lo mismo que antaño?
Junto a la ribera del Chikuma se agitan los sauces.

Shimazaki Tōson

332-Tomás Morales Castellano



PUERTO DESCONOCIDO

Puerto desconocido, desde donde partimos
esta noche, llevándonos el corazón opreso;
cuando estamos a bordo, y en el alma sentimos
brotar la melancólica ternura del regreso.

Silencio; tras los mástiles la luna, pensativa,
en las inquietas ondas su plenitud dilata;
y en el cielo invadido por la pereza estiva,
las estrellas fulguran como clavos de plata.

¡Oh, sentirnos tan solos esta noche infinita,
cuando, acaso, un suspiro de nuestra fe marchita
va a unirse al encantado rumor del oleaje!

Y emprender, agobiados, la penosa partida
sin que un blanco pañuelo nos de la despedida
ni haya una voz amiga que nos grite: ¡Buen viaje!

Tomás Morales Castellano

474-Enrique Redel Aguilar



A UN VIAJERO CORDOBÉS

¡El cielo te proteja en tu viaje
y haga que tornes a mirar del Betis
el tranquilo oleaje,
y la imagen del Ángel soberano
que en el puente romano
relumbra entre farolas
y apacigua la furia de las olas!

¡Quién, como tú, pudiera
ver las ciudades prósperas del mundo
y volver al fecundo
vergel en donde vio la luz primera!
Yo sé que en mí son vanas ilusiones;
mas pienso, a veces, en saciar el ansia
de admirar las más célebres naciones.

Quisiera ver los campos de la Grecia
y en góndolas cual blancas gavïotas
surcar los verdes lagos de Venecia.
Ante columnas rotas
y estatuas ya volcadas,
casi entre verdes hierbas sepultadas,
quisiera meditar en las ruinas
de Atenas, y en la corte prepotente
de las siete colinas
a la sombra dormir de las arcadas
de carcomida piedra
con guirnaldas de yedra
y el arrullo de alegres golondrinas.

Visitar anhelara los lugares
santos, y en sus caminos
ver a los peregrinos
con cayados y conchas de los mares.
Cruzar los arenales de Judea
bajo un sol que caldea
y ver trotar por ellos
con sus pesadas cargas los camellos.

¡Oh quién como las águilas se alzara
sobre los altos montes
y en el viento meciéndose mirara
de la tierra los anchos horizontes!
¡Yo, como tú, quisiera
ver las ciudades prósperas del mundo
y volver a morir en el fecundo
vergel en donde vi la luz primera!

Enrique Redel Aguilar