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Marguerite Porete





Esta Humildad, que es abuela y madre,
hija es de Divina Majestad y nació de Divinidad.
Deidad es, madre y abuela de sus ramas,
cuyos retoños producen fruto en abundancia.
Callaremos, pues hablar los daña.
Ella, es decir, Humildad,
ha dado el tronco y el fruto de esos retoños
por eso se acerca 
la paz de Lejoscerca
que la descarga de toda obra;
hablar la perturba,
pensar la hace umbría,
el Lejoscerca la descarga
y nada le es obstáculo.
Está a salvo de todo servicio,
pues vive de Libertad.
Quien sirve no es libre,
quien siente no ha muerto,
quien desea quiere,
quien quiere mendiga,
quien mendiga no alcanza
la Divina Saciedad.

Marguerite Porete

106-Jean Giraudoux



DEPORTE

El deporte delega en el cuerpo
en un acto vulgar de inconsciencia
las virtudes más grandes del alma:
energía, audacia, paciencia...

Jean Giraudoux

146-Paul Valéry



LOS PASOS

Pasos nacidos de un silencio
tenue, sagradamente dados,
hacia el recinto de mis sueños
vienen tranquilos, apagados.

Rumores puros y divinos,
todos los dones que descubro
-¡oh blandos pasos reprimidos!-
llegan desde tus pies desnudos.

Si en el convite de tus labios
recoge para su sosiego
mi pensamiento -huésped ávido-
el vivo manjar de tu beso.

Avanza con dulzura lenta,
con ternura de ritmos vagos:
como ha vivido de tu espera,
mi corazón marcha en tus pasos.

Paul Valéry

160-Arthur Rimbaud



¡LA HEMOS VUELTO A HALLAR!

¡La hemos vuelto a hallar!
¿Qué?, la Eternidad.
Es la mar mezclada
con el sol.

Alma mía eterna,
cumple tu promesa
pese a la noche solitaria
y al día en fuego.

Pues tú te desprendes
de los asuntos humanos,
¡De los simples impulsos!
Vuelas según...

Nunca la esperanza,
no hay oriente.
Ciencia y paciencia.
El suplicio es seguro.

Ya no hay mañana,
brasas de satén,
vuestro ardor
es el deber.

¡La hemos vuelto a hallar!
-¿Qué?- -La Eternidad.
Es la mar mezclada
con el sol.

Arthur Rimbaud

164-Albert Samain



DILECCIÓN

Adoro lo indeciso: rumor, tintes brumales:
lo que tiembla y ondula, lo que se tornasola;
agua, ojos, cabellos; seda, follaje, ola,
y el ingrávido ritmo de las formas juncales.

El humo que al ensueño presta sus espirales;
del nido los arrullos que el silencio acrisola;
la noche confidente que su perfil inmola,
y la sabia dulzura de sus manos astrales.

Y las horas sin término de una lenta caricia;
y el alma que se agobia con su propia delicia
como rosa que muere vertiendo su nectario.

Alma de casta sombra que mudamente clama,
donde, como el rubí de la votiva llama,
un amor arde insomne, místico y solitario.

Albert Samain

165-Jean-Baptiste Poquelin



ESTANCIAS GALANTES

Deja que te desvele Amor ahora.
Con mis suspiros déjate inflamar.
No duermas más, criatura seductora,
Pues es dormir la vida sin amar.

No temas. En la fábula amorosa
se hace más mal del mal que se padece.
Cuando hay amor y el corazón solloza,
el propio mal sus penas embellece.

El mal de amor consiste en esconderlo;
para evitarlo, habla en mi favor.
Te da miedo este dios, tiemblas al verlo...
Mas no hagas un misterio del amor.

¿Hay más dulce penar que estar amando?
¿Puede sufrirse una más tierna ley?
Que en todo coraz6n siempre reinando,
reine amor en el tuyo como rey.

Ríndete, pues, oh, celestial criatura;
cede mandato del Amor fugaz.
¡Ama mientras perdure tu hermosura,
que el tiempo pasa y no regresa más!

Jean-Baptiste Poquelin

183-Gérard de Nerval



FANTASÍA

Existe una tonada por la que yo daría
todo Mozart, Rossini y todo Weber,
una vieja tonada, languideciente y fúnebre
que me trae a mí sólo sus secretos encantos.

Cada vez que la escucho mi alma se hace
doscientos años -es sobre Luis Trece-
más joven; y creo ver cómo se extiende
una ladera verde que amarillea el ocaso.

Luego un alcázar de ladrillo y piedra,
de vidrieras teñidas de colores rojizos
ceñido de amplios parques y a sus pies un arroyo
que entre las flores corre.

Luego una dama, en su ventana altísima,
rubia. con ojos negros. de vestimenta antigua,
que en otra vida acaso ya hube visto
y de la cual me acuerdo.

Gérard de Nerval

217-Téophile Gautier



EL HIPOPÓTAMO

El hipopótamo de vientre enorme
suele vivir en selvas como Java,
y allí en el fondo de las cuevas hay
monstruos que no se pueden ni soñar.

La boa que se agita entre silbidos,
el tigre que tan bien sabe rugir,
el búfalo enfadado que resopla;
él sólo duerme o pace siempre en calma.

El kris y la azagaya no le asustan,
contempla al hombre sin darse a la huida,
se ríe del cipayo y de sus balas
que no hieren su piel y que rebotan.

Por eso yo soy como el hipopótamo;
me protege mi fuerte convicción,
armadura que me hace invulnerable,
y así por el desierto ando sin miedo.

Téophile Gautier

218-Guillaume Apollinaire



EL ADIÓS

Recogí esta brizna en la nieve;
recuerda aquel otoño.
En breve
no nos veremos más.
Yo muero.
Olor del tiempo, brizna leve.
Recuerda siempre que te espero

Guillaume Apollinaire

236-Madame de Sevigné



AMAROS

Amaros, pensar en vos,
llenándome de ternura
sin que quiera mi albedrío,
quedarme a la vera tuya
vaciando mi corazón,
escuchando tu amargura
y enjugándote las lágrimas...
Tal sentimiento me abruma
y me hace amar a la vida,
más que a la propia, a la tuya.

Madame de Sevigné

249-Rémy de Gourmont



MARÍA

Dulzura y amargura de los besos
en las barcas del Nilo;
María de Egipto, túnica del sol
y velo azul que rozan los dedos de la noche,
los dedos de la brisa y el deseo,
viajera pobre, errando de un amor a otro amor
en la noche del Nilo enardecida
como una boca joven cuando besa;
María finalmente arrojada por el huracán
en la isla penitente,
María con los labios quemados
por el azufre del Jordán,
María por las arenas, María bajo las palmas,
María entre los leones;
María alimentada siete años
con un pan milagroso,
Santa María, quema nuestros corazones
en el fuego divino.

Rémy de Gourmont

250-Pierre Louys



EL ÁRBOL

A un árbol, desnuda, subí cierta vez:
la lisa corteza mis muslos asían,
en húmedo musgo fincaba los pies.
Tan alto que, apenas, las hojas mojadas
del sol me cubrían
con sombra discreta,
me puse a horcajadas
en cómoda horqueta
y balanceaba feliz, al desgaire,
los pies en el aire.
De lluvia temprana, besando mi piel
las gotas rodaban del fresco dosel;
de zumo de flores bermejas tenía
las plantas, y el musgo mis brazos cubría.
Y al soplo impetuoso
del viento -al empuje de fuerzas internas-
el árbol hermoso
tremaba de vida…
Lo sentí de pronto, toda estremecida,
y apreté las piernas
y posé, entreabiertos, los labios en llama
sobre la vellosa nuca de la rama.

Pierre Louys

371-Sully Prudhomme




EL MEJOR MOMENTO DEL AMOR

El mejor momento del amor
no es aquel en que se dice: "Te amo".
Se halla en ese mismo silencio que está a punto
de romperse todos los días.
Está en la rápida y furtiva comprensión de los corazones.
Está en los fingidos rigores y en las secretas indulgencias.
Está en el estremecimiento del brazo
en que se apoya la mano temblorosa,
en esa página que volvemos juntos,
pero que ninguno de los dos leemos.
¡Momento único, en que los labios callan
y dicen tantas cosas con su pudor;
en que se abre el corazón,
estallando quedamente como un botón de rosa!
En que el solo perfume de los cabellos
parece un favor conquistado.
¡Momento de deliciosa ternura,
en que el respeto mismo es una confesión!

Sully Prudhomme

384-Paul Verlaine



MI SUEÑO

Sueño a menudo el sueño sencillo y penetrante
de una mujer ignota que adoro y que me adora,
que, siendo igual, es siempre distinta a cada hora
y que las huellas sigue de mi existencia errante.

Se vuelve transparente mi corazón sangrante
para ella, que comprende lo que mi mente añora;
ella me enjuga el llanto del alma cuando llora
y lo perdona todo con su sonrisa amante.

¿Es morena ardorosa? ¿Frágil rubia? Lo ignoro.
¿Su nombre? Lo imagino por lo blando y sonoro,
el de virgen de aquellas que adorando murieron.

Como el de las estatuas es su mirar de suave
y tienen los acordes de su voz, lenta y grave,
un eco de las voces queridas que se fueron...

Paul Verlaine

418-Louise Labé



SONETO

Bellos ojos mirada ausente, esquiva,
suspiros hondos, lágrimas copiosas,
noches de espera en vano interminables,
amaneceres negros y vacíos.

Tercos deseos, doloridas quejas,
estúpido dolor, perdidas horas,
¡males crüeles que padezco sola
y presa de mil muertes y en mil redes!

¡Cabellos, risas, manos, frente, voz
ardiente y hermosa, laúd lloroso!
¿Tan sólo yo me quemaré en el fuego?

Me dañas con tu luz, con tu calor,
y se abrasa mi pecho por tu culpa
mientras tú miras gélido e indemne.

Louise Labé

537-Voltaire



CITA

Ni Tales ni Aristóteles ni Sócrates
ni el más envanecido charlatán
lograron influír en las costumbres
siquiera de un vecino o familiar.

Voltaire

559-François-René de Chateaubriand



LOS OJOS DE DIOS

Ante los ojos del hombre
para borrar nuestras faltas
no serán mucho que mil
torrentes de sangre caigan,
mas por ventura de Dios
no es tan dura la mirada,
porque tan sólo precisa
que caiga una sola lágrima.

François-René de Chateaubriand

590-Marceline Desbordes-Valmore



UNA CARTA DE MUJER

Te escribo, aunque ya sé que ninguna mujer
debe escribir;
lo hago, para que lejos en mi alma puedas leer
como al partir.

No he de trazar un signo que en ti mejor grabado
no exista ya.
De quien se ama, el vocablo cien veces pronunciado
nuevo será.

La dicha sea contigo; yo sólo he de esperar,
y aunque distante,
yo me siento ir a ti para ver y escuchar
tu paso errante.

¡Jamás la golondrina al cruzar el sendero
pueda apartarte!
Será mi fiel cariño que pasará ligero
para rozarte…

Tú te vas, como todo se va… Su éxodo emprenden
la luz, la flor;
el estío te sigue; las tormentas sorprenden
mi triste amor.

De esperanza y zozobra suspira mientras tanto
el que no ve…
Repartámoslo bien: a mí me queda el llanto,
a ti la fe.

Yo no quiero que sufras, que está muy arraigado
mi amor por ti.
Quien desea dolores para el ser adorado
guarda odio a sí.

Marceline Desbordes-Valmore

596-Paul Lafargue



DIOSES

Todos los dioses, sin duda,
no son más que el fiel reflejo
de los vicios y virtudes
de aquellos que los hicieron.

Paul Lafargue

598-Eliphas Lévi



LOS CREYENTES

Felices son los creyentes
pues jamás se desaniman,
y si a veces el invierno
sus corazones habita
ellos esperan pacientes
que vuelvan las golondrinas.

Eliphas Lévi