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Enrique P. Maroni



MILAGROSAMENTE

No me mires nunca si me sabes muerto,
porque estoy cansado de la pena mía,
y al mirar sereno de tus ojos bellos,
¡milagrosamente resucitaría!...

No me beses nunca si me vieras muerto,
pues tu boca roja fue mi peor herida,
y si me besaras como yo te siento,
¡milagrosamente resucitaría!...

No me llores nunca cuando ya esté muerto,
porque estaré viendo cielos de armonía,
y si me lloraras de arrepentimiento,
¡milagrosamente resucitaría!...

No me llames nunca si me sabes muerto,
porque ya habré entrado a la postrer guardia,
y si tú me sueñas, por Dios lo presiento,
¡milagrosamente resucitaría!...

Nunca me recuerdes si me sabes muerto,
demasiado tiempo me quisiste un día…
Si me recordaras en tu pensamiento,
¡milagrosamente volveré a la vida!

Enrique Pedro Maroni

47-Ricardo Jaimes Freyre



LA MUERTE DEL HÉROE

Aún se estremece y se yergue y amenaza con su espada
cubre el pecho destrozado su rojo y mellado escudo
hunde en la sombra infinita su mirada
y en sus labios expirantes cesa el canto heroico y rudo.

Los dos Cuervos silenciosos ven de lejos su agonía
y al guerrero las sombrías alas tienden
y la noche de sus alas, a los ojos del guerrero, resplandece como el día
y hacia el pálido horizonte reposado vuelo emprenden.

Ricardo Jaimes Freyre

60-Evaristo Carriego



LA SILLA QUE AHORA NADIE OCUPA

Con la vista clavada sobre la copa
se halla abstraído el padre desde hace rato,
pocos momentos hace rechazó el plato
del cual apenas quiso probar la sopa.

De tiempo en tiempo, casi furtivamente,
llega en silencio alguna que otra mirada
hasta la vieja silla desocupada,
que alguien, de olvidadizo, colocó enfrente.

Y, mientras se ensombrecen todas las caras,
cesa de pronto el ruido de las cucharas
porque insistentemente, como empujado

por esa idea fija, que no se va,
el menor de los chicos ha preguntado
cuándo será el regreso de la mamá.

Evaristo Carriego

187-Juan Crisóstomo Lafinur



A UNA ROSA

Señora de la selva, augusta rosa,
orgullo de septiembre, honor del prado,
que no te despedace el cierzo osado
ni marchite la helada rigurosa.

Goza más; a las manos de mi hermosa
pasa tu tronco; y luego el agraciado
cabello adorna, y el color rosado,
al ver su rostro, aumenta vergonzosa.

Recógeme estas lágrimas que lloro
en tu nevado seno, y si te toca
a los labios llegar de la que adoro,

también mi llanto hacia su dulce boca
correrá, probáralo, y dirá luego:
esta rosa está abierta a puro fuego.

Juan Crisóstomo Lafinur

281-Bartolomé Mitre



A UN AMIGO

Mi médico, suaviza mis dolores
hablándome de ciencia y poesía,
como Platón el ático lo haría
perteneciendo al gremio de doctores.

Tú, en los remedios que haces viertes flores
más suaves que suavísima ambrosía,
y de tu mano brota noche y día
bálsamo aliviador de sinsabores.

Me hallo como el viajero que ha colgado
su hamaca entre dos árboles floridos;
que envuelto en un ambiente perfumado

lo acarician sus gajos extendidos;
y que al fin se aletarga lentamente
mientras las flores caen sobre su frente.

Bartolomé Mitre

358-Carlos Ortiz



LA AGONÍA DE LA ROSA

Infiriendo al armiño aleve ultraje
con su púrpura intensa y lujuriosa,
prendida sueña la purpúrea rosa
entre las blondas del nevado traje.

Arrancada al misterio del follaje,
languidece en la curva voluptuosa
del virgen seno, triste y misteriosa
en la pálida bruma del encaje.

Agoniza; del lánguido capullo,
que fue de las florestas el orgullo,
un pétalo marchito se desprende

con la tristeza de los hondos duelos,
y un perfume sutil, ligero asciende
como un alma que sube hacia los cielos.

Carlos Ortiz

489-Esteban Echeverría



EL AROMA

Flor dorada que entre espinas
tienes trono misterioso,
¡cuánto sueño delicioso
tú me inspiras a la vez!
En ti veo yo la imagen
de la hermosa que me hechiza,
y mi afecto tiraniza,
con halago y esquivez.

El espíritu oloroso
con que llenas el ambiente,
me penetra suavemente
como el fuego del amor;
y rendido a los encantos
de amoroso devaneo,
un instante apurar creo,
de sus labios el dulzor.

Si te pone ella en su seno,
que a las flores nunca esquiva,
o te mezcla pensativa
con el cándido azahar;
tu fragancia llega al alma
como bálsamo divino,
y yo entonces me imagino
ser dichoso con amar.

Esteban Echeverría

490-Estanislao del Campo



TU Y YO

El alma del que sufre es noche triste:
toldada está por el pesar sombrío,
y las amargas lágrimas que vierte
son, Lucila, sus gotas de rocío.

Halla quien nace bajo estrella amiga,
florida primavera en su existencia,
y hasta el cielo, propicio, le sonríe
del eter tras la clara transparencia.

Tú de mi amante corazón conoces
el secreto, Lucila, doloroso:
aunque sólo de lejos, has oído
su gemido profundo y angustioso.

Tú no sufriste ni lloraste nunca:
tu vida, sólo ha sido una alborada
teñida, cual las plumas de un flamenco,
por una luz dulcísima y rosada.

El fuego del amor que por tí siento,
voraz, inextinguible, ya ha tornado
en cenizas las flores de mi alma.
¡La lava del volcán invadió el prado!

Tus amores de niña sólo fueron
blandos gorjeos de canoras aves,
brisas del sentimiento, juguetonas,
de las flores del alma, aromas suaves.

Tú, en el romance de la vida mía,
de mi existencia en la novela triste,
hasta hoy llenaste el doloroso cuadro,
hasta hoy, Lucila, la heroína fuiste.

Yo pasé por el cielo de tu vida
como una nube que arrebata el viento,
sin dejar un recuerdo en tu memoria,
sin despertar en tu alma un sentimiento.

Tú eres el agua que me roza el labio,
la fruta que el sentido me enajena,
y un Tántalo yo soy que en vano agito
los anillos de mi áspera cadena.

Yo soy, Lucila, a tus divinos ojos,
estrellas de brillantes resplandores,
más bien que tu amador, un jardinero
de quien recibes con desdén las flores.

Tú eres la inconmovible y desdeñosa,
aunque gentil y bella castellana;
yo, el trovador que canta al pie del muro
sin que se abra a su acento tu ventana.

Tú eres el astro que en el cielo gira
derramando su lumbre refulgente:
yo, el satélite humilde, condenado
a seguir ese giro eternamente.

Tú eres la llama que la brisa leve
hace ondular, apenas, cariñosa;
yo, la víctima triste de ese fuego,
la pobre, enamorada mariposa.

Tú, las aguas tranquilas de tu vida
surcarás dando el lino al blando viento,
como el céfiro corre entre las flores,
como cruza la luna el firmamento.

Yo, el desierto, Lucila, de la mía
recorreré infelice peregrino,
mojando con el llanto de mis ojos
las espinas y piedras del camino.

Yo, en ese largo, fatigoso viaje,
en mi alma llevaré tu imagen bella.
Tú… ¡ni tan sólo pedirás al cielo
un rayiyo de luz para mi huella!

Estanislao del Campo

505-Carlos Guido y Spano



SOLEDAD

¡Oh soledad! ¡Oh murmurante río,
a cuya margen espontáneos crecen
los árboles frondosos, que el otoño
despoja ya de su hojarasca verde!

Huésped errante de la selva oscura
di en estas limpias aguas, ¡cuántas veces
me vio la tarde, absorto en mis recuerdos,
contemplando su plácida corriente!

La gran naturaleza, de mis penas
oyó el lamento que hacia Dios asciende:
en su templo inmortal a quien la invoca
seguro asilo y bálsamos ofrece.

Al dejar sin retorno estos lugares
tan dulces a mi afán, llevo indeleble
una impresión de gracia, de frescura,
y hasta el sahumerio del paisaje agreste.

Como esas aves de amoroso instinto
que en busca de calor el aire hienden,
así mis pensamientos al amparo
de los afectos íntimos se vuelven.

¿Pero en cuál mejor sitio hallar la calma,
y este silencio arrobador, solemne,
que al fatigado espíritu conforta
mientras las horas se deslizan breves?

Es aquí donde exhausto peregrino
quisiera alzar mi solitario albergue,
¡y arrullado del aura y de las ondas
vivir lejos del mundo, para siempre!

Carlos Guido y Spano

652-Pedro Bonifacio Palacios "Almafuerte"



LETANÍAS A JESÚS

Jesús de Galilea,
para mí no eres Dios,
eres sólo una idea
de la que marcho en pos.

No me humillo ni ruego
a tus plantas Jesús,
llego a ti como un ciego
que va en busca de luz.

Jesucristo eres nuestro
más grande innovador,
Profeta ¡no!, Maestro
de piedad y de amor.

No le niegues al mundo
la gloria de tu ser,
que en su vientre fecundo
te engendró una mujer.

Pastor de la gleba,
sabio teorizador,
de la turba que lleva
el signo del dolor.

¡Oh, si fuera divino
el destello de tu luz
que alumbró tu camino!,
¿qué valdría tu cruz?

Tu doctrina redime,
de ella vamos en pos,
como hombre eres sublime,
¡pequeño como Dios!

Pedro Bonifacio Palacios "Almafuerte"

656-Rafael Obligado



PENSAMIENTO

A bañarse en la gota de rocío
que halló en las flores vacilante cuna,
en las noches de estío
desciende el rayo de la blanca luna.

Así, en las horas de celeste calma
y dulce desvarío,
hay en mi alma una gota de tu alma
donde se baña el pensamiento mío.

Rafael Obligado

736-Pedro Mario Delheye



SONETO DE AUSENCIA

Oh, quietud de la casa a cuya sombra
brotó la pena y se formó la herida,
en ti de nuevo el corazón anida,
reza en voz baja y sin querer la nombra.

Ojos que nunca volverán a verla,
labios que no se cansan de nombrarla,
corazón infantil que por amarla
no has podido a tu lado retenerla.

Pero, a pesar de todo, estoy con ella,
en la rosa, en el lirio y en la estrella;
donde quedó la huella de su mano.

¡Oh, quietud familiar a cuya sombra
el pobre corazón se queja en vano,
reza en voz baja y sin querer la nombra!

Pedro Mario Delheye

782-Leopoldo Lugones



EL NIDO AUSENTE

Sólo ha quedado en la rama
un poco de paja mustia
y, en la arboleda, la angustia
de un pájaro fiel que llama.

Cielo arriba y senda abajo,
no halla tregua a su dolor,
y se para en cada gajo
preguntando por su amor.

Ya remonta con su queja,
ya pía por el camino
donde deja en el espino
su blanda lana la oveja.

Pobre pájaro afligido
que sólo sabe cantar
y, cantando, llora el nido
que ya nunca ha de encontrar.

Leopoldo Lugones

805-Juan María Gutiérrez



MI BANDERA

¡Bandera de mi Patria! Está completa
la ambición de mi pecho entusiasmado:
porque para cantarte soy poeta,
y para defenderte soy soldado.

Doble misión de bardo y de guerrero:
permite al hijo que en tu amor se inspira
a tus servicios consagrar su acero,
¡y a tus hazañas dedicar su lira!

Si estás en paz, ¡bandera idolatrada!,
canta mi lira de la paz la fiesta.
Si estás en guerra, mi fulgente espada
brilla en mi mano a combatir dispuesta.

El himno vuela, el sable centellea
con fulgor que ilumina la victoria,
y ambas fuerzas, las armas y la idea,
las tengo yo para afirmar tu gloria.

Y si a silbar volvieran las metrallas
en torno de tus bravos defensores,
que me conceda el Dios de las batallas
morir bajo tus pliegues bicolores.

Te juro que al caer, ¡bandera mía!,
por muerte honrosa, el pecho destrozado,
aún te podré cantar mi poesía,
con mi último suspiro de soldado.

Juan María Gutiérrez