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544-Concepción Arenal



EL SOBRIO Y EL GLOTÓN

Había en un lugarón
dos hombres de mucha edad,
uno de gran sobriedad
y el otro gran comilón.

La mejor salud del mundo
gozaba siempre el primero,
estando de Enero a Enero
débil y enteco el segundo.

"¿Por qué -el tragón dijo un día-
comiendo yo mucho más
tú mucho más gordo estás?
No lo comprendo a fe mía."

"Es -le replicó el frugal-
y muy presente lo ten,
porque yo digiero bien,
porque tú digieres mal."

Haga de esto aplicación
el pedante presumido
si porque mucho ha leído
cree tener instrucción.

Y siempre que a juzgar fuere
la regla para sí tome:
no nutre lo que se come
sino lo que se digiere.

Concepción Arenal

807-Manuel Ricardo Palma Soriano



LA GRAN NOTICIA

A un viejo que pasaba por la calle,
una mocita de arrogante talle
detuvo del faldón de la levita
diciéndole: - Señor, por vida suya,
quiero que usted me instruya
en las nuevas que aquí me participa
una tía que tengo en Arequipa-.
Y sin más requilorio
alargaba una carta al vejestorio.
Cabalgó el buen señor sobre los ojos
un grave par de anteojos;
el sobre contempló, rompió la oblea,
la arenilla quitó de los borrones,
examinó la firma linda o fea,
y se extasió media hora en los renglones.
Ya de aguardar cansada,
- ¿Qué me dicen, señor? -dijo la bella;
y el viejo echó a llorar diciendo: - Nada.
Has nacido, mi bien, con mala estrella.
Asustada la joven del exceso
del llanto del anciano,
le preguntó: - ¿Quizá murió mi hermano?
¿Está enferma mi madre? - Todavía
es peor cosa, hija mía:
¡No puedes resistir a esta desgracia!
¡Yo, viejo y todo me volvería loco!
- ¿Qué ha sucedido, pues, por Santa Engracia?
- ¡Qué tú no sabes leer... ni yo tampoco!

Manuel Ricardo Palma Soriano

814-Carlos Frontaura y Vázquez



LA CABRITA Y EL LOBO

Con halagos y mimos,
un lobo fiero
fingiéndose tan manso
como un cordero,
de una cabrita
logró conquistar toda
la simpatía.

Es un mísero viejo-
llena de lástima,
decía al ver al lobo
la pobre cabra-
y yo no veo
que haya motivo para
tenerle miedo.

Siempre que iba la cabra
por allí cerca
de donde aquel tenía
su madriguera,
fino y amable,
salía a darle el lobo
las buenas tardes.

Contábales aventuras
maravillosas
y a la cabra encantaba
con sus historias;
y le ofrecía
algún sabroso ramo
por despedida.

Una tarde, la cabra,
siempre inocente,
a ver a aquel amigo
fue, como siempre,
y, ¡ay!, en sus garras
expiró aquella tarde
la pobre cabra.

Padres, buenos cristianos,
tened gran cuenta,
que hoy hay lobos que buscan
a la inocencia.
Y astutos tratan
de matar en los niños
la fe del alma.

Carlos Frontaura y Vázquez