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51-Joaquín Arcadio Pagaza



LA ORACIÓN DE LA TARDE

Tiende la tarde el silencioso manto
de albos vapores y húmedas neblinas
y los valles y lagos y colinas
mudos deponen su divino encanto.

Las estrellas en solio de amaranto
al horizonte yérguense vecinas
salpicando de gotas cristalinas
las negras hojas del dormido acanto.

De un árbol a otro en verberar se afana
nocturna el ave con pesado vuelo
las auras leves y la sombra vana;

y presa el alma de pavor y duelo,
al místico rumor de la campana
se encoge, y treme, y se remonta al cielo.

Joaquín Arcadio Pagaza

120-Guillermo Valencia Castillo



HAY UN INSTANTE

Hay un instante del crepúsculo
en que las cosas brillan más,
fugaz momento palpitante
de una morosa intensidad.

Se aterciopelan los ramajes,
pulen las torres su perfil,
burila un ave su silueta
sobre el plafondo de zafir.

Muda la tarde, se concentra
para el olvido de la luz,
y la penetra un don süave
de melancólica quietud,

como si el orbe recogiese
todo su bien y su beldad,
toda su fe, toda su gracia
contra la sombra que vendrá...

Mi ser florece en esa hora
de misterioso florecer;
llevo un crepúsculo en el alma,
de ensoñadora placidez;

en él revientan los renuevos
de la ilusión primaveral,
y en él me embriago con aromas
de algún jardín que hay ¡más allá!...

Guillermo Valencia Castillo

646-Justo Sierra Méndez



PLAYERA

Baje a la playa la dulce niña,
perlas hermosas le buscaré,
deje que el agua durmiendo ciña
con sus cristales su blanco pie...

Venga la niña risueña y pura,
el mar su encanto reflejará
y mientras llega la noche oscura
cosas de amores le contará.

Cuando en levante despunte el día
verá las nubes de blanco tul
-como los cisnes de la bahía-
rizar serenos el cielo azul.

Enlazaremos a las palmeras
la suave hamaca y en su vaivén
las horas tristes irán ligeras
y sueños de oro vendrán también.

Y si la luna sobre las olas
tiende de plata bello cendal,
oirá la niña mis barcarolas
al son del remo que hiende el mar,

mientras la noche prende en sus velos
broches de perlas y de rubí,
y exhalaciones cruzan los cielos
lágrimas de oro sobre el zafir.

El mar velado con tenue bruma
te dará su hálito arrullador,
que bien merece besos de espuma
la concha nácar, nido de amor.

Ya la marea, niña, comienza,
ven que ya sopla tibio terral,
ven y careyes tendrá tu trenza
y tu albo cuello rojo coral.

La dulce niña bajó temblando,
bañó en el agua su blanco pie,
después, cuando ella se fue llorando,
dentro las olas perlas hallé.

Justo Sierra Méndez

731-Juana Borrero



VESPERTINO

Hacia el ocaso fúlgido titila
el temblador lucero vespertino,
y a lo lejos, se escucha del camino
el eco vago de lejana esquila.

Como escuadrón de caprichosa fila
nubecillas de tono purpurino
se desvellonan en celaje fino,
etérea gasa, que disuelta oscila.

El rayo débil que las nubes dora,
lentamente se extingue, agonizante,
sus fulgores lanzando postrimeros;

y la noche se apresta vencedora
a desceñir sobre el cenit triunfante
su soberbia diadema de luceros.

Juana Borrero

791-Serafín Estébanez Calderón



LA TARDE

¡Qué fresco delicioso
corre por la marina,
y el pecho, al blanco influjo,
con qué placer respira!

Sobre las claras aguas
salta la afable brisa,
y en soplos apacibles
el verde azul agita.

El mar, al fausto beso
en olas mil se riza,
y con leve murmullo
lame la hermosa orilla.

El Sol, ya trasponiendo
por las opuestas cimas,
hiere con tibios rayos
las aguas cristalinas.

La luz se desvanece
en el movible prisma,
y entre hermosos colores
que su perfil matizan,

los africanos montes,
con rosadas neblinas,
en la región del Moro
se roban a mi vista.

La alegre gavïota
allá en los aires gira,
y tras el pez dorado,
veloz, al mar se libra.

Zambúllese, trazando
mil ruedas cristalinas,
que entre insensibles sombras
se apagan cual la vida.

El ave sale ilesa
sobre las tersas linfas,
meciéndose entre espuma
como pomposa isla.

El marinero canta,
remando en su barquilla,
sus sencillos amores,
sus redes y fatigas.

El ave de la noche
en las rocas vecinas
se angustia y se lamenta
con voces doloridas.

Del Norte las tinieblas
a descender principian,
y entre pardos celajes
la Luna se divisa.

En tanto, errante, vaga
mi mente embebecida
tras la imagen incierta
de mi esperada dicha:

¡Dicha infiel e inconstante,
cual del abril los días,
engañosa cual sombra,
cual viento fugitiva!

Serafín Estébanez Calderón