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114-Gaspar Esteva Ravassa



A MIS HIJOS

Sin pocos años y sin muchos bríos
mustias están mis juveniles flores;
ya no debo ni sé decir amores,
sin pensar en los vuestros, hijos míos.

Os digo, pues, que torpes amoríos
no deben halagaros seductores;
buscad entre las buenas las mejores...
y dejaros de locos desvaríos.

Hijos míos, que sea vuestra esposa
recatada, discreta, virtuosa:
no la elección de vuestro amor aflija

al entrañable amor de vuestro padre,
y una mujer, en fin, dadme por hija
igual que la mujer que os di por madre.

Gaspar Esteva Ravassa

141-Poeta Anónimo



ENTONCES

En aquel entonces
los hombres
eran jóvenes
y el pueblo
tan bonito
y ella
más hermosa
que nunca

Hoy cuentan
esta historia
de otro tiempo
mientras yo
que me he vuelto vieja
escucho
hechizada.

Poeta Anónimo

306-Nazario Restrepo



ATENCIÓN A LOS FINALES

El que por musa delincuente cuente
la del pintor de pincelada helada
y por ser loca rematada atada
diga que de debe estar durmiente, ¿miente?

No; no es poeta el decadente ente
de cuya voz alambicada cada
forma de puro avinagrada agrada;
mas no fascina a inteligente gente.

Haz que te inspire tu guardiana, Diana,
huelan tus versos a olorosa rosa,
sea tu musa castellana llana.

No sea nunca la insidiosa diosa
de la moderna caravana vana,
que el verso convirtió en leprosa prosa.

Nazario Restrepo

442-María Josefa Massanés y Dalmau



RESOLUCIÓN

¿Qué yo escriba? No por cierto,
no me dé Dios tal manía;
antes una pulmonía,
primero irme a un desierto.

Antes que componer, quiero
tener por esposo un rudo,
mal nacido, testarudo,
avariento y pendenciero;

Educar una chiquilla
mimada, traviesa y boba;
oír vecina a mi alcoba
la Giralda de Sevilla.

Si yo compongo, mi rima
censure el dómine necio,
lea el sabio con desprecio,
y un zallo cajista imprima;

Un muchacho la recite
con monótona cadencia,
la destroce en mi presencia,
y ponga frases y quite…

¡Oh! No habrá quien me convenza,
bien puede usted argüir:
¡una mujer escribir
en España! ¡Qué vergüenza!

¿Pues no se viera en mala hora
que la necia bachillera
hasta francés aprendiera?
¿Ha de ir de embajadora?

Antes, señor, las muchachas
no estudiaban, ni leían…
Pero en cambio, ¡cuál fregaban!
¡Barrían con un primor

Hilaban como la araña,
amasaban pan, cernían,
y apuesto que no sabían
si el godo invadió o no España.

¿Qué le importa a la mujer
de dó se exporta el cacao,
si es pesca o no el bacalao,
como lo sepa cocer?…

¡Cual quedara mi persona,
mordida por tanta boca!
Me llamaran necia, loca,
visionaria, doctorona.

Sin amor ni compasión,
alguno, con tono ambiguo,
dice que de escrito antiguo
es copia mi concepción.

Sin hacerse la loquilla,
siempre a vueltas con Cervantes,
recitando consonantes
de Calderón o Zorrilla.

¿Cómo podrá gobernar
bien su casa? ¡Es imposible!
¡Cual si fuera incompatible
coser y raciocinar!

Anatema al escribir,
al meditar y leer;
amigo, sólo coser
y murmurar, o dormir.

María Josefa Massanés y Dalmau

600-Ramón de Palma y Romay



LA DANZA DE CUBA

Los aires rompen el ruido
de la nocturna orquesta...
¡Oh! ¿Qué impresión es ésta?...
¿Qué mágico sonido?
¿Qué plácida embriaguez?
¡Es la cubana danza!
Y al escuchar sus sones,
mis muertas ilusiones,
mis sueños de esperanza
despiertan a la vez.

¡Oh danza! tus acentos
reaniman mi existencia;
tu lánguida cadencia
me inspira pensamientos
de amor y de placer:
y la gentil cubana
de pie pulido y breve,
y de cintura leve,
que se columpia ufana
pienso a tus sones ver.

Pienso mirar su cuello
a tu compás doblarse,
sus párpados cerrarse,
alzar el rostro bello
bañado de expresión:
o pienso que del piano
las teclas recorriendo,
te estoy ¡oh danza! oyendo
lanzar bajo su mano
gemidos de pasión.

Quien de cubano el alma
y los sentidos tenga,
no es dable, no, que calma,
ni que grave sostenga
llegándote a sentir;
que el más adusto ceño
tus sones escuchando
se mostrará risueño,
o tu compás callando
procurará seguir.

Ya exhales gemidora
de tórtola el arrullo,
ya imites el murmullo
de brisa halagadora,
ya un grito des de amor;
¡oh danza! me parece
que Cuba con sus palmas
a tu compás se mece,
y son de nuestras almas
tus ecos el clamor.

Ramón de Palma y Romay