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16-Joaquín Álvarez Quintero



GESTACIÓN DE UN SONETO

Cuando un soneto en la cabeza empieza
a pedir vida pública y brillante,
no hay en la voluntad poder bastante
para que esté tranquila la cabeza.

En tanto que el ingenio lo adereza,
como moscón molesto y susurrante,
salta de consonante en consonante,
bebe en la flor, se irrita en la maleza.

Adonde vamos nuestra sombra sigue:
zumba en casa, en la mesa y en el lecho,
y aun en graves lecturas nos persigue.

Venga el parto torcido, o bien derecho,
si anhelamos que no nos atosigue,
no hay sino rematar... ¡Ay!, ¡ya está hecho!

Joaquín Álvarez Quintero

64-Concepción Estevarena



HOJAS Y SERES

Hojas que brotan en la misma rama,
si unas el viento logra arrebatar
y otras se quedan a la rama unidas,
¿a verse volverán?

Seres unidos por amantes lazos,
si los viene la muerte a separar
y unos se van mientras los otros quedan
¿a verse volverán?

Concepción Estevarena


GRANDE Y SABIO

Alcé los ojos: tu mirada, entonces,
brilló intensa en mis lágrimas,
como un rayo de sol que ardiente cae
sobre trémulas aguas.

Te dejé de mirar, por parecerme
que te causaba pena,
aunque yo, contemplándola, sentía
satisfacción secreta.

Volví a mirarte cuando ya a mis labios
atrajo una sonrisa:
llorando estabas tú, pero tus lágrimas
eran lágrimas mías.

Grande es tu corazón, porque consuela
con el triste sufriendo:
tu corazón es sabio porque sabe
llorar males ajenos.

Concepción Estevarena

101-Tomás González Carvajal



SONETO

Voy a hacer un soneto, porque ahora
de sonetos está la musa mía;
que hay quien muda dictamen cada día
y mi musa lo muda cada hora.

No es mucho ser mudable, si еs señora;
y yo, que le conozco la manía,
temo, si me descuido, que se ría
de mí, porque es un tanto burladora.

Pues que si rematado aquel cuarteto,
se le antoja una décima u octava,
no hay que acordarse más de tal soneto.

Mas, loado sea Dios, que ya se acaba
en añadiendo al último terceto
este verso, no más, que le faltaba.

Tomás González Carvajal

197-Poeta Anónimo



ROMANCE REBELDE

La Macarena lucía
los soles de sus alhajas.
¿Te acuerdas, viejo, aquel día?
Los tambores martillaban
tus oídos y tus sienes
y tu corazón lloraba...
Sollozos estrangulados
subían a tu garganta.
En un catre miserable
tu compañera expiraba,
el hambre la consumió
poco a poco... ¡como a tantas!
Y mientras, la vanidad
de los ricos paseaba
por las calles de Sevilla,
encendida como un ascua
en la luz de sus diamantes
lucía la Macarena
los soles de sus alhajas...
Jornales de medio duro,
hambre y miseria en las casas.
Junto al surco, el campesino
los terrones destripaba
derritiéndose los sesos,
quemándose las entrañas.
Sevilla, sumida en luto,
entre las piedras calladas
de sus callejuelas tristes,
pavorosas, desoladas,
sangre reseca del pueblo
clamando a gritos venganza.
Negro luto en los hogares
y rebeldía en las almas.
El odio envenena el aire...
Las narices dilatadas
de los sabuesos de Queipo,
que de sangre no se sacian,
olfatean carne roja
en la que clavar las garras.
Ahora la Virgen no tiene
ni brillantes ni esmeraldas.
Para su causa siniestra
Queipo las necesitaba:
Ya sin joyas se quedó
la Virgen de la Esperanza.
Pronto esas joyas serán
bombas de fuego y metrallas,
los brillantes de la Virgen
presto han de tornarse balas,
y harán que corra la sangre
de los pobres en riadas.
Niños, mujeres, ancianos,
pueblo que empuñas las armas
a tu Patria defendiendo:
la Virgen de la Esperanza
ya sin joyas se quedó
para que allá en Alemania
las conviertan en obuses,
para que hagan en Italia
más aviones, tanques... ¡Sangre,
sangre en que anegar España!

Poeta Anónimo

529-Alberto Rodríguez de Lista y Aragón



A ELISA

En vano, Elisa, describir intento
el dulce afecto que tu nombre inspira;
y aunque Apolo me dé su acorde lira,
lo que pienso diré, no lo que siento.

Puede pintarse el invisible viento,
la veloz llama que ante el trueno gira,
del cielo el esplendor, del mar la ira;
mas no alcanza al amor pincel ni acento.

De la amistad la plácida sonrisa,
y el puro fuego, que en las almas prende,
ni al labio, ni a la cítara confío.

Mas podrás conocerlo, bella Elisa,
si ese tu hermoso corazón entiende
la muda voz que le dirige el mío.

Alberto Rodríguez de Lista y Aragón