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66-Matthew Gregory Lewis




HIMNO DE MEDIANOCHE

Es la hora en que todo se somete al silencio,
el tañido solemne no se abraza a la brisa,
y al momento sublime de presencia espantosa
yo saludo de nuevo con mi corazón blanco.

Justamente es ahora cuando brujos siniestros
dan rienda suelta a aquellos maliciosos poderes,
y abandonan las tumbas los terribles cadáveres
como marca la noche es su instante preciso.

Sin pensamientos vanos ni culpables me entrego
a aquello que me obligo mi fe y mi devoción,
con el alma ligera y la conciencia pura,
te imploro que me ampares en este mi descanso.

Bellos ángeles, gracias, por el candor alado
que espanta de mi vida las maldades del vicio,
por librarme de nuevo del pecado y del mal
igual que en la jornada que lentamente acaba.

Mas ¿acaso no guarda inconsciente mi pecho
sentimientos de culpa que en mi torpeza ignoro?
¿Tal vez algún deseo velado y lujurioso
que veis con la vergüenza que albergo en mí si existe?

Oh, si así fuese, amados, libradme en dulce sueño
para eludir la trampa del Demonio sagaz,
y que mi error disipe la verdad luminosa
viviendo en la custodia de vuestro bien perenne.

Lanzad lejos del lecho maldiciones y hechizos,
que los perversos trasgos no acechen mi descanso,
y el sufrimiento oculto que el Diablo reparte
no convierta en infierno mi noble corazón.

No permitáis que aquellos tenebrosos, crueles
y abominables sueños me perturben la calma,
ni que el astuto ingenio de la concupiscencia
me someta a sus falsas lecciones de placer.

Que los espectros tétricos con sus formas fantásticas
no ensucien en el mundo del sueño mi mirada,
mas volcad sobre ella conforme a mi esperanza
los goces que en la Gloria aguardo en mi futuro.

Mostradme así las cúpulas celestiales, los mundos
donde habitan los ángeles, el mar de las verdades
y el infinito Edén de inefable alegría
que espera a cuantos viven y murieran sin culpa.

Y enseñadme el camino que otorga el privilegio
de gozar las benditas regiones del Señor.
Alejad de mi alma esa culpa que mancha
y guïadme amorosos al bien y a la pureza.

De esa forma mi voz será un perenne cántico
de gratitud por todos vosotros, poderosos
guardianes celestiales, llenando de alabanzas
todo el amor divino que albergan vuestras alas.

Me esforzaré con toda mi fe y perseverancia
por evitar el vicio, por corregir mis faltas,
y seguiré por siempre las lecciones certeras
y las santas virtudes que siempre me ofrecéis.

Cuando por fin me llegue el descanso infinito
y abandone este valle de lágrimas, feliz
de verme sana y salva de todos los naufragios,
entregaré mi vida sin ninguna tristeza.

Y tras cerrar mi ojos peregrinos la Muerte
con sus amables manos, llena de placidez,
a Dios daré de nuevo aquello que Él me diera,
rindiéndole mi espíritu en su pureza prístina.

Matthew Gregory Lewis

196-Antonio Fernández Grilo



EL TORO

Tiene la paz del mar, noble y sereno
tras la cerca del blanco caserío,
ya bajando las márgenes del río,
ya echado y dócil en el prado ameno.

Como del mar el apacible seno
cambia en galerna el huracán bravío,
así, acosado en su indomable brío,
no reconoce límites ni freno.

¿Quién no quiere mejor que ensangrentado
del circo ante la fiera muchedumbre
batallar y morir desesperado,

verle del sol a la postrer vislumbre
en la serena paz del despoblado
cuando asoma la luna por la cumbre?

Antonio Fernández Grilo


EL ÁGUILA

¡Águila!, ¿dónde vas?, detén tu vuelo;
tú que desprecias en tu audacia loca
el esqueleto inmóvil de la roca
para envolverte en el dosel del cielo,
tú, que sobre ese risco
do te asientas tranquila,
valiente clavas en el áureo disco
del abrasado sol tu ancha pupila;
tú, que te pierdes en las negras brumas
que arroja el mar de su hervoroso seno,
que bebes del arroyo las espumas,
que te corona el trueno,
que con ardientes bríos
vences a los soberbios huracanes,
que son arroyos para ti los ríos
y terror no te inspiran los volcanes;
tú, que al pie del Señor tu canto exhalas,
y al son de la tormenta bramadora
quemas en el relámpago tus alas;
tú, que subes y subes
y rompes con tus alas poderosas
el denso velo de las pardas nubes;
oye mi voz: la lira descompuesta
que ya sus notas apagado había,
ha vuelto a resonar al admirarte;
mi ardiente fantasía
en entusiasmo hierve al contemplarte,
y raudales de mágica poesía
a torrentes me da para cantarte.

Tú sola el vuelo emprendes
con majestuoso brío
cuando en los aires rápida te extiendes;
tú publicas de Dios el poderío;
tú intrépida y gozosa te levantas
desde el monte a los célicos espacios;
tú miras con desdén bajo tus plantas
mundos, tumbas, vergeles y palacios;
tú en los bosques magníficos te internas
donde arroyuelos mil bullen inquietos;
tú de las rudas cóncavas cavernas
sorprendes los recónditos secretos;
tú, en la frente del Cáucaso gigante
libre saludas a la blanca aurora;
tú sobre el trono de la brisa errante
a otros mundos te subes vencedora;
brisa sutil que con tu vuelo abrumas,
y que contigo luchará violenta
cuando rices intrépida tus plumas
al eco de la bárbara tormenta.

Reina del aire, junto al sol resbalas,
clavas tus ojos en el sol fecundo
y van cubriendo tus flotantes alas
el panorama espléndido del mundo.
Sí, para ti desde la inmensa altura
serán los montes arenosos granos,
un rincón de verdura
los pensiles alegres y lozanos,
una flotante perla de rocío
el piélago bravío,
y los pequeños míseros mortales
pobre hormiguero que sin rumbo rueda
en torno de una tumba que remeda
sus lúgubres y tristes funerales.

Sola en la inmensidad; oyendo el eco
del huracán rugiente que se oculta
de las montañas en el fondo hueco,
yo te miro subir; las nubes bellas
parece que te envuelven en sus tules;
alfombras son de tus etéreas huellas
sus penachos azules:
¡cuán hermosa te agitas
en ese mar magnífico y extenso!
¡Cuán ligera y gentil te precipitas
por ese golfo inmenso!
Ya te ocultas, ya vuelves, ya despacio
bordas el horizonte;
tu mundo es el espacio,
tu corona es el sol, tu trono el monte.

Trémulas rugen en el mar las olas,
de sus blancas espumas
rompiendo las hirvientes aureolas;
los abismos profundos
suenan al palpitar bajo las aguas
como el ronco concierto de los mundos;
del espacio en los cárdenos colores
libres arrastran las umbrosas nubes
sus melenas flotantes de vapores;
crece la mar, y crece, y se agiganta,
hincha convulsa el palpitante seno,
y el águila entre tanto se levanta
y como genio de los aires canta
al ronco son del huracán y el trueno.

Ni la verde palmera
que en el desierto hasta la nube arroja
su fértil cabellera;
ni el árbol regalado
que en los jardines del harem cobija
los ensueños del árabe cansado;
ni las rocas que al beso de los mares
son en los horizontes
imágenes altivas de los montes,
del infinito lóbregos altares,
pueden servir de pedestal bravío
al águila magnífica en su vuelo;
la corona del águila es el cielo,
su pedestal los mundos del vacío.

Antonio Fernández Grilo


ESE MUNDO CELESTIAL

Ese mundo celestial,

ese candor peregrino,
ese embeleso divino,
ese sueño virginal,
es del ángel que la aguarda
la aparición venturosa,
es la cita misteriosa
con el ángel de la guarda.
Es que el ángel, sin enojos,
detiene en su cuna el vuelo;
es que para ver el Cielo
tiene que cerrar los ojos.
Madre, que velas por ella,
y que por ella deliras;
tú, que en sus ojos te miras
con en el lago la estrella;
goza el edén celestial
de tu espléndida fortuna,
entre esa cándida cuna
y el tálamo conyugal.

Antonio Fernández Grilo

382-Antonio Sellén



A OFELIA

Si eres un ángel que risueño vienes
a calmar de mi pecho la agonía,
aquí a tu lado en mi dolor me tienes
para oír de tu acento la armonía.

Mira: mi frente se doblega mustia
de un pérfido destino a los rigores,
y tú sola calmar puedes mi angustia,
tú sola con tus cánticos de amores.

¿Dónde irá sin la luz de tu mirada
mi corazón que por tu amor fallece,
cuando en mi ser tu imagen encarnada
al riego de mis lágrimas florece?

En la senda de amor errante vago,
y cuán sombrío mi horizonte miro,
cuando concibe que jamás en pago
arrancaré a tu pecho ni un suspiro.

Porque busca en tu amor la primavera
el alma triste que el pesar marchita,
que en vano el corazón vivir pudiera,
en esta soledad en que se agita.

Si eres el ideal de mi ventura
deja que el triste corazón sediento
en el puro raudal de tu ternura
apague su amoroso sentimiento.

Que si eres ángel que risueño vienes
para cerrar del corazón la herida,
aquí a tu lado en mi dolor me tienes,
¡esperanza postrera de mi vida!

Antonio Sellén

617-Luisa Pérez de Zambrana



SONETO

Dicen que cuando cubre la pureza
una frente de virgen con su velo
suaves miradas le dirige al cielo
y le dan las estrellas su belleza.

Pero si el vicio mancha su limpieza
vertiendo en ella su funesto hielo,
levanta el ángel de su guarda el vuelo
y Dios torna a otro lado la cabeza.

Yo en el mundo soy joven y soy pura;
Divino Salvador, Dios poderoso,
contémplenme tus ojos con ternura.

Y que el ángel me guarde cuidadoso,
pues cayera a tus pies agonizante
si Tú al verme volvieras el semblante.

Luisa Pérez de Zambrana

772-Mercedes de Velilla



¿NO LO SABÉIS QUIZÁS?

¿No lo sabéis quizás? Yo sé la historia.
El ángel, que velaba
sus purísimos sueños, no ignoraba
que la niña soñaba con la Gloria.

Y él, que amaba sus gracias virginales,
pidió al Señor la cándida criatura;
y le dijo el Señor: aquí en la altura
celebrad vuestras bodas celestiales.

Cumplió el ángel su anhelo;
desató el lazo de la humana vida,
y llevando a su dulce prometida

en sus brazos, dormida,
como lleva una madre al pequeñuelo,
al celestial Edén tendió su vuelo.

Mercedes de Velilla

829-Antonio María de Trueba y de la Quintana



CANCIÓN DE LA MADRE

Los días son fríos,
las noches son largas
y el viento del Norte
silba en la ventana.

Duérmete en mi seno;
duerme, hijo del alma,
que en tanto que todos
tranquilos descansan,
sólo tú, amor mío,
despierto te hallas.

Durmiendo está al lado
del fuego la gata,
y ya en la pradera
los grillos no cantan;
ni nada se mueve
en toda la casa,
más que un ratoncillo
que roe una tabla.

Pero, ¿por qué miras
así a la ventana?
¿Acaso te asustan
la luna que irradia,
la lluvia que suena
y el viento que brama?

Duérmete, amor mío,
duerme hasta mañana;
duerme, y no te asusten
el viento y el agua.
Que mientras el niño
durmiendo descansa,
su madre y los Ángeles
el sueño le guardan.

Antonio María de Trueba y de la Quintana