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María José Rojo





SONETO

Camino del desierto, paso a paso,
tras la nube que oculta tu presencia,
mi fe se robustece en esta ausencia,
irradiada en tu Faz, luz sin acaso.

Sin temor a la muerte, ni al fracaso,
marcada por el toque de tu ciencia,
en ofrenda de amor darte mi esencia,
urgida por tu fuego en que me abraso.

Gustar que me poseas, poseerte,
dejar la vida entera en tu regazo,
mi gozosa tarea, mi ejercicio.

En despojo feliz, así quererte;
y fundirnos los dos en un abrazo,
que ya sólo de amar tengo el oficio.

María José Rojo

Alejandro Nieto





SONETO

Es la riqueza y entre pajas nace,
es la justicia, y entre reos muere,
es fuerza suma y ruega a quien le hiere,
es vida eterna y sucumbir le place.

No hay pecho atribulado que él no abrace,
no hay alma rezagada a quien no espere,
no hay virtud que en su ser no reverbere,
no hay contrición que su bondad rechace.

Perlas le brinda el mar; la tierra, flores;
la aurora, bellas nubes purpurinas;
los astros, inmortales resplandores.

Tersa alfombra las aguas cristalinas;
música, los alegres ruiseñores,
y el hombre, hiel y cruz, clavos y espinas.

Alejandro Nieto

Sam Keen



PARA CREAR UN ENEMIGO

Para crear un enemigo
toma un lienzo en blanco
y esboza en él las figuras
de hombres, mujeres y niños.

Sumerge en la paleta inconsciente
de tu sombra enajenada
un gran pincel y emborrona a los extraños
con los turbios colores de la sombra.

Dibuja en el rostro de tu enemigo
la envidia, el odio y la crueldad
que no te atreves a admitir como propias.

Ensombrece todo asomo
de simpatía en sus rostros.

Borra cualquier indicio de los amores,
esperanzas y temores
que se constelan caleidoscópicamente
en torno al corazón de todo ser humano.

Deforma su sonrisa
hasta que adopte el aspecto tenebroso 
e una mueca de crueldad.

Arranca la piel de los huesos
hasta que asome
el esqueleto inerme de la muerte.

Exagera cada rasgo
hasta transformar a cada ser humano
en una bestia, una alimaña, un insecto.

Llena el fondo del cuadro
con todos los diablos, demonios y figuras malignas
que alimentan nuestras pesadillas ancestrales.

Cuando hayas terminado el retrato
de tu enemigo podrás matarlo y descuartizarlo
sin sentir vergüenza ni culpa alguna.

Porque entonces lo que destruirás
se habrá convertido en un enemigo de Dios
o en un obstáculo
para la sagrada dialéctica de la historia.

Sam Keen

Laudato Si



DE LA HERMANA Y MADRE TIERRA

Esta hermana que tenemos

como madre cada año
nos reclama por el daño
que el mal provecho le hacemos
cuando el pecado en extremo
explota el bien esencial
con ambición desleal
desperdiciando recursos
sin respetar el transcurso
de renovación vital.

No pensar en los demás,

qué indiferente querella,
son todos hijos de ella,
hermanos todos, y aún más:
hijos de un Padre veraz
que tanto en ella dispuso
para todos en buen uso
con ecuánime reparto,
no estos dolores de parto
que ella sufre por abusos.

Laudato Si 

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia



LARGO PEREGRINAR

 ¡Qué peregrinar más largo…!
¡Qué nostalgias por tu encuentro…!
¡Qué ansias por poseerte,
en este vivir muriendo,
en este clamar constante
por encontrarte en tu seno…!

 Parece que las entrañas
se me resecan, pidiendo
la llenura de mi vida
en tu Manantial eterno,
en la Luz de tu mirada,
en la hondura de tu Pecho.

 Yo necesito meterme
en tu divino Misterio,
en la profundidad honda
de tu infinito Cauterio,
y, en él, quedar sumergida,
cauterizada en su fuego.

 ¡Oh, qué urgencias por tenerte
en mis urgencias muriendo,
en mis nostalgias vividas,
en mi torturante anhelo,
para sentirme engolfada
ya para siempre en tu Seno…!

 Es mi vivir tan divino
y en tan terrible misterio,
que, si no vienes piadoso
y compasivo a mi encuentro,
de tanto y tanto tenerte,
en tu posesión me muero,
ante mi sed anhelante
por poseerte sin velos.

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

Rabia al Adawiyya



TÚ QUE HACES FLORECER EL DESIERTO

¡Oh mi alegría, mi deseo y mi refugio!
¡Mi compañero, mi amparo en el camino!
¡Oh, mi Fin!
Eres el espíritu de mi corazón.
Tú eres mi esperanza,
Mi confidente, mi Amigo.
Mi anhelo de Ti es mi única riqueza.
Mi ardiente deseo, todo mi sustento.
Si no fuera por Ti, oh vida de mi vida,
no habría vagado de un lado para otro
por la inmensidad del país.
¡Cuántas gracias me han sido reveladas,
cuántos dones y favores tienes Tú para mí!
Tu amor es mi único deseo.
Tu amor es mi delicia,
la luz que sacia mi sediento corazón.
No me alejaré de Ti mientras viva,
no hay lugar para mí sino Tú,
que haces florecer el desierto.
Tú eres el único dueño de mi corazón.
Si en mí encuentras contento,
¡oh, anhelo de mi corazón!,
desbordaré de alegría.

Rabia al Adawiyya

Eduardo Gómez Haro



SONETO

Más blanca que la nieve del Carmelo,
más pura que el candor de la inocencia,
más limpia que del justo la existencia,
más grata que el amor y que el consuelo.

Más tierna que la madre en su desvelo,
más noble que el deber de la conciencia,
más fragante que el lirio en su opulencia,
más delicada que el azul del cielo.

Así es la flor de Nazaret, María,
que al abrir su corola inmaculada,
llenó el mundo de paz y de alegría.

Como Madre de Dios predestinada,
no pudo Satanás en su osadía
ni mancharla siquier con su mirada.

Eduardo Gómez Haro

Narciso Alonso Cortés



SONETO

Como florece al borde del camino
la zarza que motea la llanura
y ofrece al caminante la hermosura,
oreando el ambiente campesino,

así la fe que guía al peregrino
en el abismo de la noche oscura
le sirve de acicate y de ventura
para llegar al fin a su destino.

Llegará con la ropa destrozada,
con la carne maltrecha y lacerada,
apoyado tan sólo en su bordón.

Pero la fe que le sirvió de guía,
en tanto que su cuerpo se moría,
sostuvo florecido el corazón.

Narciso Alonso Cortés

José Luis Blanco Vega



SENTENCIA DE DIOS AL HOMBRE

Sentencia de Dios al hombre
antes que el día comience:
«Que el pan no venga a tu mesa
sin el sudor de tu frente.

Ni el sol se te da de balde,
ni el aire por ser quien eres:
las cosas son herramientas
y buscan quien las maneje.

El mar les pone corazas
de sal amarga a los peces;
el hondo sol campesino
madura a fuego las mieses.

La piedra, con ser la piedra,
guarda una chispa caliente;
y en el rumor de la nube
combaten el rayo y la nieve.

A ti te inventé las manos
y un corazón que no duerme;
puse en tu boca palabras
y pensamiento en tu frente.

No basta con dar las gracias
sin dar lo que las merece:
a fuerza de gratitudes
se vuelve la tierra estéril

José Luis Blanco Vega

Baltasar Pérez Argos



SONETO

¿Es posible, Señor, que en luz del Cielo
tu gracia transformar pueda la arcilla,
y que este ser que tanto nos humilla
lo eleve allá tan alto sobre el suelo?

¿Es posible acercar el Sol al hielo,
la nada a tu verdad, opuesta orilla;
convertir en eterna maravilla
lo que fue tentación y loco anhelo?

¡Ser como Dios, y que del pecho broten
las aguas vivas de un amor ardiente,
que calmen esta sed que el alma tiene!

Y pueda al cabo descansar mi frente
-aunque las olas de la vida azoten-
en la amistad de Aquel que me sostiene.

Baltasar Pérez Argos

Antonio Bellido Almeida



¿QUE DONDE ESTOY, ME PREGUNTAS?

¿Que dónde estoy, me preguntas?
A tu lado estoy, amigo,
en la noche de la espera,
en el alba de la vida,
en el viento de la sierra,
en la tarde despoblada,
en el sueño que no sueña,
en el hambre desgarrada
y en el pan para la mesa;
en el hombre que me busca
y en aquel que se me aleja,
en el canto del hogar
y en el llanto de la guerra,
en el gozo compartido
y en la larga amarga pena.
En el silencio sellado
y en el grito de protesta.
En la cruz de cada día
y en la muerte que se acerca.
En la luz de la otra orilla,
y en mi amor como respuesta.

¿Que dónde estoy, me preguntas?
A tu lado estoy, amigo;
vivo y camino en la Tierra,
peregrino hacia Emaús
para sentarme a tu mesa;
al partir de nuevo el pan
descubrirás mi presencia.
Estoy aquí con vosotros,
con el alma en flor despierta,
en esta Pascua de amor
galopando por las venas
de vuestra sangre empapada
de un Dios que vive y que sueña.

¿Que dónde estoy, me preguntas?
A tu lado estoy, amigo;
desnúdate a la sorpresa,
abre los ojos y mira
hacia dentro y hacia fuera,
que en el lagar del dolor
tengo mis gozos y penas,
y en la noria del amor,
yo tu Dios, llamo a tu puerta.

¿Que dónde estoy, me preguntas?
¡En tu vida, es la respuesta!

Antonio Bellido Almeida

Joaquín Romero de Cepeda



VER A DIOS EN LA CRIATURA

Ver a Dios en la criatura,
ver a Dios hecho mortal,
ver en humano portal
la celestial hermosura.
¡Gran merced y gran ventura
a quien verlo mereció!
¡Quién lo viera y fuera yo!

Ver llorar a la alegría,
ver tan pobre a la riqueza,
ver tan baja a la grandeza
y ver que Dios lo quería.
¡Gran merced fue en aquel día
la que el hombre recibió!
¡Quién lo viera y fuera yo!

Poner paz en tanta guerra,
calor donde hay tanto frío,
ser de todos lo que es mío,
plantar un Cielo en la Tierra.
¡Qué misión de escalofrío
la que Dios nos confió!
¡Quién lo hiciera y fuera yo! 

Joaquín Romero de Cepeda

José María Zandueta Munárriz



INMACULADA

Inmaculada cual la luz del día
que nace en los umbrales de la aurora.
Inmaculada y pura en toda hora
Santa Madre de Dios, Virgen María.

Inmaculada en la celeste vía
de traernos a Cristo y ser la autora
del virginal prodigio que atesora
tan divina y humana eucaristía.

Deja que al ver tu rostro y proclamarte
Purísima entre todas las mujeres,
me derrita de gozo en tu mirada.

Y encendido de amor sepa cantarte
demostrando ante el mundo que Tú eres
intacta, virginal, ¡Inmaculada!

José María Zandueta Munárriz

Bernardo Velado Graña



SONETO

Dos mil años después de tu venida
te espera nuestro mundo en nuevo adviento;
sólo contigo cobrará el aliento
para vivir la tierra envejecida.

Tú eres la luz de su razón perdida,
el agua viva del que está sediento,
el verdadero pan del hombre hambriento;
vencedor de la muerte, eres la Vida.

Eres alfa y omega de la Historia
que vive tu cruz y tu victoria.
Tú descubres al hombre qué es ser hombre.

Y le ayudas a serlo y lo levantas.
Por eso el mundo entero ante tus plantas
confiesa el Nombre sobre todo nombre.

Bernardo Velado Graña

Ramón María del Valle-Inclán



AVE SERAFÍN

Bajo la bendición de aquel santo ermitaño
el lobo pace humilde en medio del rebaño,
y la ubre de la loba da su leche al cordero,
y el gusano de luz alumbra el hormiguero,
y hay virtud en la baba que deja el caracol
cuando va entre la hierba con sus cuernos al sol.

La alondra y el milano tienen la misma rama
para dormir. El búho siente que ama la llama
del sol. El alacrán tiene el candor que aroma,
el símbolo de amor que porta la paloma.
La salamandra cobra virtudes misteriosas
en el fuego que hace puras todas las cosas:
es amor la ponzoña que lleva por estigma.
Toda vida es amor. El mal es el Enigma.

Arde la zarza adusta en hoguera de amor,
y entre la zarza eleva su canto el ruiseñor,
voz de cristal que asciende en la paz del sendero
con el airón de plata de un arcángel guerrero,
dulce canto de encanto en jardín abrileño,
que hace entreabrirse la flor azul del ensueño,
la flor azul y mística del alma visionaria
que del ave celeste, la celeste plegaria
oyó trescientos años al borde de la fuente,
donde daba el bautismo a un fauno adolescente
que ríe todavía, con su reír pagano,
bajo el agua que vierte el santo con la mano.

El alma de la tarde se deshoja en el viento,
que murmura el milagro con murmullo de cuento.
El ingenuo milagro al pie de la cisterna
donde el pájaro, el alma de la tarde hace eterna.
En la noche estrellada cantó trescientos años
con su hermana la fuente, y hubo otros ermitaños
en la ermita, y el santo moraba en aquel bien,
que es la gracia de Cristo Nuestro Señor. Amén.

En la luz de su canto alzó el pájaro el vuelo
y voló hacia su nido: una estrella del cielo.
En los ojos del santo resplandecía la estrella,
se apagó al apagarse la celestial querella.
Lloró al sentir la vida: era un viejo muy viejo
y no se conoció al verse en el espejo
de la fuente; su barba, igual que una oración,
al pecho dábale albura de comunión.
En la noche nubaba el Divino Camino,
el camino que enseña su ruta al peregrino.
Volaba hacia el Oriente la barca de cristal
de la luna, alma en pena pálida de ideal,
y para el santo aún era la luna de aquel día
remoto, cuando al fauno el bautismo ofrecía.

Fueran como un instante, al pasar, las centurias...
El pecado es el tiempo: las furias y lujurias
son las horas del tiempo que teje nuestra vida
hasta morir. La muerte ya no tiene medida:
es noche, toda noche, o amanecer divino
con aromas de nardo y músicas de trino:
un perfume de gracia y luz ardiente y mística,
eternidad sin horas y ventura eucarística.

Una llama en el pecho del monje visionario
ardía, y aromaba como en un incensario;
un fulgor que el recuerdo de la celeste ofrenda
estelaba como una estela de leyenda.
Y el milagro decía otro fulgor extraño
sobre la ermita donde morara el ermitaño...

El céfiro, que vuela como un ángel nocturno,
da el amor de sus alas al monte taciturno,
y blanca como un sueño, en la cumbre del monte,
el ave de la luz entreabre el horizonte.

Toca el alba en la ermita un fauno la campana.
Una pastora canta en medio del rebaño,
y siente en el jardín del alma el ermitaño
abrirse la primera rosa de la mañana.

Ramón María del Valle-Inclán

Jacint Verdaguer i Santaló



PREDICANT ALS AUCELLS

Va l’Apòstol de l’amor
per una selva d’Itàlia;
l’amor que sent per Jesús
ja no cap dins la seva ánima.

Ne parla als rius y a les flors,
i pins i roures abraça.
És desterrat Serafí
que del cel sent enyorança

D’alegria tot cantant
los aucellets l’acompanyen;
los que trastegen pel bosc
voleien de branca en branca;
los que volen per lo cel
paren atents la volada.

Francesc los vol predicar,
sota un roure s’aturava.
Sobre l’herba es posen uns,
los altres sobre les mates,
los més estimats de tots
damunt sos genolls y espatlla;
cada bri d’herba en porta un,
cada arbre una nuvolada.

– ¡Germanets aucellets, -los diu,-
lo Criador quant vos ama!
Sense sembrar ni segar
teniu sempre en vostra taula
la llavor d’herbeta humil,
de la font la gota d’aigua,
si en lo calze d’una flor
no voleu beure rosada.

Com no fileu ni cosiu,
Déu vos vesteix i vos calça;
vostre vestit i calçat
valen més que d’or i plata.

Vos dóna per llit un brot,
una fulla per teulada,
gentils boscúries per niu,
lo cel i terra per gábia.

Aucellets, los meus germans,
lo Criador quant vos ama!
Ameu-lo, volsaltres, bé,
que amor ab amor se paga;
canteu-li a l’hora de l’alba
d’amor la dolça cançó
que els homes han oblidada!-

Tot predicant als aucells
Sant Francesc s’extasiava.
Ells, per fer-li reverència,
sos jolius capets abaixen;

l’aureneta estira el coll,
la perdiu estira l’ala,
alçant los ulls cap al sol
obre son bec la calándria,

fa la’atleta el passerell,
saltirons la cogullada,
fent pujar i fent baixar
sa cogulla franciscana.

Quan Francesc los beneeix,
un sospir d’amor exhalen
i algun diví rossinyol
preludia ab la seva arpa.

Del signe sagrat que fa
pren la forma l’aucellada,
que cantant se’n vola al cel
com una creu que s’hi exampla
de llevant cap a ponent,
de migdia a tramuntana.

Així la creu de Jesús,
que el màrtir d’amor abraça,
serà duita a tot lo món
pels fills de l’Ordre Seràfica,
que pobres com los aucells,
ja entonen per monts i planes
d’amor la dolça canço
que els homes han oblidada.

Jacint Verdaguer i Santaló


PREDICANDO A LOS PÁJAROS

Va el Apóstol del amor
por una selva de Italia;
el amor que siente por Jesús
ya no le cabe en su alma.

Lo cuenta a los rios y a las flores,
y pinos y robles abraza.
Es Serafín desterrado
que del cielo siente añoranza.

De alegría cantando
los pajaritos lo acompañan;
los que andan por el bosque
vuelan de rama en rama;
los que vuelan por el cielo
paran atentos el vuelo.

Francisco quiere predicarles,
bajo un roble se detiene.
En la hierba se posan unos,
los otros sobre las matas,
los más queridos de todos,
sobre sus rodillas y espalda;
en cada brizna de hierba hay uno,
en cada árbol, una nube.

Hermanitos pajaritos, -les dice,-
el Creador, cuánto os ama!
Sin sembrar ni segar
tenéis siempre en vuestra mesa
la semilla de hierbita humilde,
de la fuente, la gota de agua,
si en el cáliz de una flor
no queréis beber rociada.

Como no hiláis ni coséis,
Dios os viste y os calza;
vuestro vestido y calzado
valen más que de oro y plata.

Os da por lecho un brote,
una hoja por tejado,
amables espesuras por nido,
el cielo y tierra por jaula.

¡Pajarillos, mis hermanos,
el Creador, cuánto os ama!
¡Amadlo vosotros, bien,
que amor con amor se paga;
cantadle a la hora del alba
la dulce canción de amor 
que los hombres olvidaron!

Predicando a los pájaros
San Francisco se extasiaba.
Ellos, por reverencia,
sus alegres cabecitas bajan;

La golondrina estira el cuello,
la perdiz estira el ala,
alzan los ojos al sol,
abre el pico la calandria,

Hace el atleta el gorrión,
saltitos la cogullada,
haciendo subir y bajar
su cogulla franciscana.

Cuando Francisco los bendice,
un suspiro de amor exhalan
y algún divino ruiseñor
preludia con su arpa.

Del signo sagrado que hace
toma forma la bandada,
que cantando vuela al cielo
como una cruz que se ensancha
de levante hasta poniente,
de mediodía a tramontana.

Así la cruz de Jesús, 
que el mártir de amor abraza,
será llevada a todo el mundo
por los hijos de la Orden Seráfica,
que pobres como los pájaros,
ya entonan por montes y llanos
de amor la dulce canción
que los hombres olvidaron.

Jacint Verdaguer i Santaló


PREDICANDO A LOS PÁJAROS

Va el apóstol del Amor
por una selva de Italia,
y el amor que por Dios siente
ya no le cabe en el alma.
Habla a los ríos y flores
y a los árboles abraza.
Es serafín desterrado
que de Dios siente añoranza.
Cantando, llenos de gozo,
los pájaros le acompañan:
los que trinan en el bosque,
volando de rama en rama,
y los que el espacio cruzan,
atentos, su vuelo paran.
Francisco les quiere hablar
y bajo un roble se para.
Los pájaros en el césped
se posan unos, en matas
otros se paran, y otros
en sus rodillas y espaldas.
Cada brizna tiene un pájaro
y hay varios en cada rama.
-Hermanas aves- les dice-,
¡cuánto el Creador os ama!
Sin sembrar ni coger nunca,
siempre en vuestra mesa se hallan
semillas de humilde hierba,
de la fuente gotas de agua,
si en el cáliz de una flor
la queréis beber más clara.
Como no hiláis ni coséis,
el Señor os viste y calza,
y vuestro traje y calzado
valen más que oro y que plata.
Un brote os brinda por lecho
y por techo la enramada,
bellos boscajes por nido
y cielo y tierra por jaula.

Mis hermanas avecillas:
¡cuánto el Creador os ama!
Amadle vosotras, pues
amor con amor se paga.
Cantadle al atardecer
y cantadle a la alborada
la dulce canción de amor
que el hombre tiene olvidada.

Y predicando a las aves,
San Francisco se extasiaba.
Las aves, por reverencia,
sus vivas cabezas bajan:
la golondrina se inclina,
la perdiz bate sus alas
alzando al cielo sus ojos;
abre el pico la calandria;
la rueda hace el pajarel,
da saltos la cojugada,
bajando y subiendo a un tiempo
su cogulla franciscana.
Al bendecirlas Francisco,
trinos amorosos lanzan
y algún ruiseñor divino
comienza a tañer su arpa.
Del signo sagrado que hacen
toman la forma sus alas,
y vuelan cantando al cielo
como una cruz que se ensancha
del Levante hasta Poniente,
del Sur a la Tramontana.
Así la cruz de Jesús
que el mártir de amor abraza
será llevada doquiera
por los de la Órden Seráfica,
que pobres, como las aves,
por valles y por montañas
cantan la canción de amor
que el hombre tiene olvidada.

Jacint Verdaguer i Santaló

Alonso de Ledesma



DÉCIMA

La naturaleza humana,
según en sus hijos veo,
parió en gigante al deseo,
y a la posesión enana.

Mas la Gloria soberana
está de su ser distante
al gusto más importante,
porque el Cielo que deseo,
imaginado, es Pigmeo,
y poseído, Gigante.

Alonso de Ledesma

8-San Agustín de Hipona



FRAGMENTO

Conmovido por estas
profundas reflexiones metafísicas,
entera mi pasión, cual nube alada,
lloró sobre mi alma su agonía,
y yo abracé mi soledad entonces,
para allá, desterrado, ajeno, sin la
presencia de otro amigo que no fuera
el que amoroso nos donó la vida,
fundirme en la ternura
de su paz infinita...
Fue tras ello que mi palabra trémula
dejó el alma de Alipio sorprendida,
espantada, perpleja,
cual si observara alguna maravilla.

San Agustín de Hipona

66-Matthew Gregory Lewis




HIMNO DE MEDIANOCHE

Es la hora en que todo se somete al silencio,
el tañido solemne no se abraza a la brisa,
y al momento sublime de presencia espantosa
yo saludo de nuevo con mi corazón blanco.

Justamente es ahora cuando brujos siniestros
dan rienda suelta a aquellos maliciosos poderes,
y abandonan las tumbas los terribles cadáveres
como marca la noche es su instante preciso.

Sin pensamientos vanos ni culpables me entrego
a aquello que me obligo mi fe y mi devoción,
con el alma ligera y la conciencia pura,
te imploro que me ampares en este mi descanso.

Bellos ángeles, gracias, por el candor alado
que espanta de mi vida las maldades del vicio,
por librarme de nuevo del pecado y del mal
igual que en la jornada que lentamente acaba.

Mas ¿acaso no guarda inconsciente mi pecho
sentimientos de culpa que en mi torpeza ignoro?
¿Tal vez algún deseo velado y lujurioso
que veis con la vergüenza que albergo en mí si existe?

Oh, si así fuese, amados, libradme en dulce sueño
para eludir la trampa del Demonio sagaz,
y que mi error disipe la verdad luminosa
viviendo en la custodia de vuestro bien perenne.

Lanzad lejos del lecho maldiciones y hechizos,
que los perversos trasgos no acechen mi descanso,
y el sufrimiento oculto que el Diablo reparte
no convierta en infierno mi noble corazón.

No permitáis que aquellos tenebrosos, crueles
y abominables sueños me perturben la calma,
ni que el astuto ingenio de la concupiscencia
me someta a sus falsas lecciones de placer.

Que los espectros tétricos con sus formas fantásticas
no ensucien en el mundo del sueño mi mirada,
mas volcad sobre ella conforme a mi esperanza
los goces que en la Gloria aguardo en mi futuro.

Mostradme así las cúpulas celestiales, los mundos
donde habitan los ángeles, el mar de las verdades
y el infinito Edén de inefable alegría
que espera a cuantos viven y murieran sin culpa.

Y enseñadme el camino que otorga el privilegio
de gozar las benditas regiones del Señor.
Alejad de mi alma esa culpa que mancha
y guïadme amorosos al bien y a la pureza.

De esa forma mi voz será un perenne cántico
de gratitud por todos vosotros, poderosos
guardianes celestiales, llenando de alabanzas
todo el amor divino que albergan vuestras alas.

Me esforzaré con toda mi fe y perseverancia
por evitar el vicio, por corregir mis faltas,
y seguiré por siempre las lecciones certeras
y las santas virtudes que siempre me ofrecéis.

Cuando por fin me llegue el descanso infinito
y abandone este valle de lágrimas, feliz
de verme sana y salva de todos los naufragios,
entregaré mi vida sin ninguna tristeza.

Y tras cerrar mi ojos peregrinos la Muerte
con sus amables manos, llena de placidez,
a Dios daré de nuevo aquello que Él me diera,
rindiéndole mi espíritu en su pureza prístina.

Matthew Gregory Lewis