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272-Poeta Anónimo



FLORECILLAS

El que quiera belleza
venga a tu rostro;
quien quiera luz del cielo,
venga a tus ojos
¡Ay, Niño amado!
Y el que quiera dulzura
venga a tus labios.
Por el valle de rosas
de tus mejillas
corren dos arroyitos
de lagrimitas.
Déjame, deja
que ellas la sed apaguen
que me atormentan.
Jesús, Tú eres el alma
del alma mía:
sin ti la luz es sombra,
muerte la vida.
¡Manso cordero!
Contigo, hasta el Calvario;
sin ti, ni al cielo.
En vano te disfrazas
y escondes, Niño;
los ángeles del cielo
te han conocido.
Tan sólo el nombre,
por más que te descubres,
no se conoce.
Son la Cruz y el pesebre
de una madera
con que Dios ha labrado
todas tus flechas.
¡Ay, prenda mía!
Atraviésame el pecho
con una astilla.
Mil corazones, Niño,
yo te daría
por lograr una sola
de tus caricias.
Mas... ¡miento, miento!,
que el que tengo me pides
y te lo niego.
Yo no puedo acallarle,
toma allá al Niño;
porque si llora, llora
por ir contigo.
¡Ay, Madre, Madre!
¿Quién si tú no le acallas
podrá acallarle?
Duérmete, Jesús mío,
duerme en mis brazos;
y no llores, no llores
por mis pecados.
Duérmete, duérmete,
y aunque llorar me sientas,
no te despiertes.

Poeta Anónimo

619-Gertrudis Gómez de Avellaneda



A LAS ESTRELLAS

Reina el silencio: fúlgidas en tanto,
luces de paz, purísimas estrellas,
de la noche feliz lámparas bellas,
bordáis con oro su luctuoso manto.

Duerme el placer, mas vela mi quebranto,
y rompen el silencio mis querellas,
volviendo el eco, unísono con ellas,
de aves nocturnas el siniestro canto.

¡Estrellas, cuya luz modesta y pura
del mar duplica el azulado espejo!
Si a compasión os mueve la amargura

del intenso penar porque me quejo,
¿cómo para aclarar mi noche obscura
no tenéis ¡ay! ni un pálido reflejo?

Gertrudis Gómez de Avellaneda


A UN NIÑO DORMIDO

¡Duerme tranquilo, inocente,

en el materno regazo,
y deja que admire atenta
tu delicioso descanso!
¡Cuál brilla la frente pura
entre los rizos dorados,
que en leves ondas descienden
a tu cuello de alabastro!
Pende con dulce abandono
a un lado tu diestra mano,
y la otra de la mejilla
el peso sostiene blando.
Cual flor preciosa, tu pecho
despide aliento balsámico,
mientras que dulce sonrisa
mueve el carmín de tus labios.
Tal vez sueñas de tu madre
recibir el beso caro...
Tal vez a un ángel contemplas
y escuchas célicos cantos.
¡Duerme, duerme, pobre niño,
de la inocencia en los brazos,
que a robarte tal ventura
se presta el tiempo tirano!
Vuelan rápidos los días,
veloces huyen los años,
llevándose, ¡ay!, para siempre
nuestros ensueños galanos.
Ese purísimo seno,
cuyo cutis nacarado
levanta latir suave
y brilla cual limpio lago,
del viento de las pasiones
será bien presto agitado,
y sus olas turbulentas
en ti mismo harán su estrago.
Entonces, ¡ay!, tan tranquilo
no será, no, tu descanso,
ni esa sonrisa apacible
te prestará nuevo encanto.
Entonces, ¡ay!, los delirios
del amor, los sobresaltos
de los celos, los afanes
de la ambición, siempre insanos,
serán los ángeles puros
que velarán a tu lado,
reproduciendo en tus sueños
de tu existencia los cuadros.
Hasta que, al fin, a tu vista,
cubierta con velo opaco,
se eclipsará la esperanza,
luciendo atroz desengaño.
Y del sueño perdurable
la triste calma anhelando,
ya en la copa de la vida
sólo hallarás dejo amargo.
Mas, ¡silencio!, no se aleje,
por tan fúnebres presagios,
el ángel que ves hermoso
arrullarte con sus cánticos.
¡Duerme, sí, pobre inocente!
Prolonga tu sueño grato,
y conserva esa sonrisa
que tu madre está adorando.

Gertrudis Gómez de Avellaneda

829-Antonio María de Trueba y de la Quintana



CANCIÓN DE LA MADRE

Los días son fríos,
las noches son largas
y el viento del Norte
silba en la ventana.

Duérmete en mi seno;
duerme, hijo del alma,
que en tanto que todos
tranquilos descansan,
sólo tú, amor mío,
despierto te hallas.

Durmiendo está al lado
del fuego la gata,
y ya en la pradera
los grillos no cantan;
ni nada se mueve
en toda la casa,
más que un ratoncillo
que roe una tabla.

Pero, ¿por qué miras
así a la ventana?
¿Acaso te asustan
la luna que irradia,
la lluvia que suena
y el viento que brama?

Duérmete, amor mío,
duerme hasta mañana;
duerme, y no te asusten
el viento y el agua.
Que mientras el niño
durmiendo descansa,
su madre y los Ángeles
el sueño le guardan.

Antonio María de Trueba y de la Quintana