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438-Juan Arolas



MEDITACIÓN

Yo te veo, Señor, en las montañas
que soberbias se miran en su altura,
do reciben la luz con que las bañas,
antes que este hondo valle de tristura;

y en el último y lánguido reflejo,
que recogen del día moribundo,
cuando su altiva cumbre es el espejo
de las sombras que caen en el mundo;

y en su color azul y nieve fría
que oculta la preñez de los volcanes,
como encubre falaz hipocresía
de infame corazón pérfidos planes.

Que tú les das la niebla matutina
que se pierde por leve y vaporosa,
tú les enciendes llama que ilumina,
tú su cráter entibias y reposa.

Desataste en sus cimas y pendientes,
para calmar la sed de los mortales,
las cristalinas venas de las fuentes
y escondiste en su seno los metales.

Mas ellos ambicionan el tesoro
que previsión de un padre les encierra,
no pueden apagar la sed del oro
y rompen las entrañas de la tierra.

¡Metal de execración! ¡Metal maldito,
cuya pálida luz cegó los ojos,
doró deformidades del delito
y alumbró los desórdenes y enojos!

Yo te veo, Señor, en los breñares
poblados de malezas muy bravías,
en los altos, difíciles lugares,
do el águila renueva largos días,

el águila que es hija de los vientos,
con su nido que es campo de batalla,
lleno de los despojos más sangrientos
del vulgo de las aves que avasalla,

sombría como el sitio donde habita,
de furibundos ojos y de garras
duras como las peñas que visita,
corvas como moriscas cimitarras.

Que tú para cortar los aquilones
la fuerza muscular le diste en prenda;
te busca por las célicas regiones,
por eso mira al sol como a tu tienda.

Tú contaste sus plumas más ligeras,
como cuentas los árboles y frutos,
los átomos que cruzan las esferas,
y hasta la eternidad por sus minutos.

Yo te veo en el mar: en la ola verde,
azul, o sonrosada que camina,
que con orla de aljófares se pierde,
mientras otra más alta se avecina.

También cuando lo tienes en bonanza,
para el pequeño alción que a sus cristales
fía su hermosa prole y su esperanza,
mientras atas furiosos vendavales.

Y en el cetáceo enorme que entre hielos,
que muros de cristal pueden decirse,
alza dos ríos de agua hasta los cielos,
y agita el mar del norte al rebullirse;

que herido del arpón, iras alienta,
con su sangre las aguas enrojece,
y las pone agitadas en tormenta…
¡Tanto puede su mole que padece!

Tú le diste los mares por presea
donde tenga por lecho las bahías
el boreal y antártico pasea;
por abismos de espuma tú le guías.

Yo te veo, Señor, en el insecto
que busca en la camelia nido y casa,
con las galas de adorno tan perfecto
que unas púrpura son, otras son gasa;

y en el que enamorado de su pompa
se contempla en la fuente bulliciosa,
y en el que chupa almíbar con su trompa,
y en el que se adormece en una rosa;

y el que queda suspenso ante las ovas
mecido en equilibrio con las alas,
y al parecer les canta dulces trovas
que sólo entiendes tú que a ti te igualas;

y en el reptil que turba ninfas puras,
que por su cauce nítido se alegra,
y el que por las musgosas hendiduras
asoma su cabeza verdinegra.

Tú has vestido de flores las colinas
cual nunca Salomón se engalanara,
cuando a ruego de hermosas concubinas
ídolos en los bosques adorara.

Tú has dado los aromas y canelas,
papagayos hermosos y parleros,
búfalos, elefantes y gacelas,
cedros, palmas, acacias, bananeros.

Que tú eres el principio de ti mismo,
sin contar el origen de tus días,
grande en la inmensidad y en el abismo,
Dios de eternas venturas y alegrías.

Juan Arolas

612-Narciso de Foxá Lecanda



HORAS SERENAS

Al dulce sonreír de la esperanza
mi ardiente corazón, que ayer gemía,
del entusiasmo en alas hoy se lanza
por un mundo de amor y poesía.

En pos de oscuras, enfadosas brumas,
mil celajes de paz cubren mi oriente,
brillantes cual las diáfanas espumas
que en el mar se columpian blandamente.

Ya me alumbra una estrella bienhechora,
y contemplo gozoso mi existencia
ornada con los tintes de la aurora,
bañada de las flores en la esencia.

Henchido el corazón de fuerza y brío,
las emociones del placer espera,
ese ansiado placer que ayer sombrío
imaginé fantástica quimera.

Y ya me es grato el esplendor del cielo,
de los alegres campos la verdura,
y el blando son de músico arroyuelo,
que al alma inspira celestial ternura.

¿Loca no es esa dicha tan querida?
¿El fuego juvenil no arde en mis venas...?
¿Por qué, pues, no esperar, si de la vida
en el primer umbral me encuentro apenas?

Quiero alentar brillantes ilusiones,
quiero que el labio sin cesar sonría,
y de mi lira los dolientes sones
mudar feliz en cantos de alegría.

Que harto tiempo, en monótono aislamiento,
viéronme el sol y la callada luna,
con triste llanto y quejumbroso acento
lamentar la esquivez de la fortuna.

Un benéfico ardor mi ser alienta
y me hace altivo desplegar las alas,
en tanto que a mis ojos se presenta
vestido el mundo de lucientes galas.

Una voz en el alma me asegura,
que del crudo desdén tras los rigores,
de una hermosa sensible la ternura
veré colmada mi ambición de amores.

Que una virgen de paz, prenda del cielo,
tesoro del candor y de inocencia,
sublime así cual la creó mi anhelo,
la delicia será de mi existencia.

A par me dice que la frente mía
un verde lauro arrancará a la gloria,
y floridos recuerdos de alegría
por siempre sonreirán en mi memoria.

¡Oh sueños de placer!, ¡cuánto sois bellos!
Vosotros disipasteis mi amargura,
cual del naciente sol a los destellos
se disipa veloz la sombra oscura.

Yo quiero en una atmósfera de olores
dilatar mi fogoso pensamiento,
porque son los delirios seductores
de las sensibles almas alimento.

Yo quiero al son de la cubana danza
el aroma aspirar de las hermosas,
y encontrar en sus ojos la esperanza
y en sus labios sonrisas deliciosas.

Ayer, imbécil, desdichado amante,
ensayé de dolor tristes canciones,
hoy, empero, a mi pecho palpitante
retornan las perdidas ilusiones.

Y si ciego, tal vez, en su osadía
me amenaza feroz el desaliento,
vigorosa y altiva el alma mía
sabrá burlar su despiadado intento.

Ya la esperanza el porvenir me dora,
y contemplo gozoso mi existencia
ornada con los tintes de la aurora,
bañada de las flores en la esencia.

Narciso de Foxá Lecanda

623-Margarita de Hickey y Pellizzoni



AL OÍDO

Déjame penetrar por este oído,
camino de mi bien el más derecho,
y, en el rincón más hondo de tu pecho,
deja que labre mi amoroso nido.

Feliz eternamente y escondido,
viviré de ocuparlo, y satisfecho...
¡De tantos mundos como Dios ha hecho,
este espacio no más a Dios le pido!

Ya no codicio fama dilatada,
ni el aplauso que sigue a la victoria,
ni la gloria de tantos codiciada...

Quiero cifrar mi fama en tu memoria;
quiero encontrar mi aplauso en tu mirada;
y en tus brazos de amor toda mi gloria.

Margarita de Hickey y Pellizzoni

680-Anselmo de Jesús y Vergara



EL HOMBRE

Con ardiente ambición desmesurada,
anhela ciego el hombre, sin reposo,
blasones adquirir, nombre famoso,
y subyugar la ciencia ilimitada.

Escudriñar la bóveda estrellada,
registrar el Océano proceloso,
por llegar, arrogante y majestuoso,
de la gloria a la cúspide escarpada.

Tal es su ceguedad y su locura:
llevado por mezquinas ambiciones,
lauros y gloria sin cesar procura.

¡Vive anhelando vanas ilusiones,
sin recordar que en una tumba oscura
se perderán sus glorias y blasones!

Anselmo de Jesús y Vergara

875-Ibn al Alaf al Naharvany



A UNA GATA QUE MURIÓ

Oh Gata, te partiste
con prestísima planta,
para no volver más
ante quien te adoraba.

Tus idas y venidas
¡qué de sustos me daban!
Y mientras, tú sin miedo
corrías por la casa.

Al palomar derecha
vas al fin; y agarbada
acechas los pichones,
que anhela tu garganta.

Tus astutos contrarios
todos tus pasos marcan,
que de la cazadora
pretenden hacer caza.

Pero tú no desistes,
pues quisieras con ansia
a todas las palomas,
al aspirar, tragarlas.

Tiernos pichones buscas,
y muerte cruel hallas;
¡contentáraste, necia,
con tu vianda ordinaria!

¡Maldito el manjar sea
que el apetito halaga
si en el plato escondida
está nuestra desgracia!

Ibn al Alaf al Naharvany