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Walter Scott



HIMNO

Cuando Israel, por Dios amado,
pudo dejar su cautiverio,
Él fue su guía inexorable
entre las llamas y entre el humo.
Durante el día, de las tierras
se levantaba la humareda,
y por la noche enrojecían
los arenales del desierto.

Se alzaron himnos de alabanza,
que adufe y trompa respondían,
y las canciones de las vírgenes
con las de guerra se juntaban.
Al enemigo no amenaza
ningún milagro; ya Israel
camina sola, y nuestros padres
se han olvidado del Señor.

Aunque invisible, Él vive aún.
Cuando el gran día resplandezca,
para nosotros Dios será
protección contra el falso rayo.
Cuando la noche con sus sombras
cubra las sendas de Israel,
que el Señor sea con su amor
como una ardiente y pura luz.

Junto a Babel abandonamos
las bellas arpas, los tiranos,
la burla cruel de los gentiles.
Callan la trompa y los adufes,
los incensarios ya no humean.
El Señor dijo que no quiere
más sacrificio de animales,
sino un contrito corazón
y pensamientos elevados

Walter Scott

235-Lou Andreas-Salomé



HIMNO A LA VIDA

Te amo, vida enigmática
como se ama a un amigo
que da alegría o dolor,
que da dicha o sufrimiento.
Te amo con toda tu crueldad
y si tienes que apartarme
de tus brazos me apartaré
como uno se aparta de un amigo.
¡Te abrazo con todas mis fuerzas!
Que me devoren tus llamas,
en el fragor del combate permite
que sondee más allá de tu misterio.
¡Ser, pensar durante milenios!
Abrázame entre tus brazos:
si no puedes ofrecerme más dicha
pues dame tus sufrimientos.

Lou Andreas-Salomé

412-Pedro Santacilia y Palacios



DIOS

¡Alabad al Señor en las alturas
los que vivís en la región del cielo!;
Iluminados ángeles
que cubiertos con albas vestiduras
atravesáis el orbe en raudo vuelo;
innúmeros arcángeles
que sostenéis con vuestras alas de oro
el trono del Señor; bellos querubes
que en vaporosas nubes
de límpido topacio
alígero cruzáis por el espacio;
la cítara y el arpa
y la lira pulsad; lejos resuene
el canto dulce y el clarín sonoro,
alzad la voz en coro,
y en deliciosa, célica armonía
que el universo llene
de indefinible grata melodía,
cantad alegremente
al Dios omnipotente,
Padre del mundo y hacedor del día.
Tú, rojo sol, que la brillante lumbre
hasta el ocaso llevas desde oriente;
y tú, como ninguna
cándida, pudorosa,
melancólica luna,
que embelleces la cóncaba techumbre,
y vosotras, purísimas estrellas,
que en medio de la noche silenciosa,
flamígeras y bellas,
iluminando el suelo,
llenáis el orbe y alumbráis el cielo;
bendecid al Señor; que vuestras voces
el espacio recorran; que veloces
la atmósfera cruzando
y las nubes altísimas pasando,
la gloria del Señor proclamen,
sus obras canten y y su nombre aclamen...

Y a los seres unidos
que habitan las regiones celestiales;
y a los astros que vagan suspendidos
en la bóveda azul del firmamento,
unan también su acento,
agrupados en coro, los mortales,
y a su Señor alabe cuanto encierra
de polo a polo la anchurosa Tierra...

Animales salvajes
que en medio de los ásperos ramajes
de la selva vivís; aves parleras
de mágicos colores
que el aire atravesáis; nítidas flores
que en las frescas praderas
ignoradas nacéis; límpidas fuentes
que los campos regáis; claras corrientes
que por el césped blando
atravesáis el valle; venenosos
reptiles que escondidos
vivís entre la yerba; numerosos
insectos que zumbando
la atmósfera pobláis; peces ligeros
que las aguas del lago transparentes
veloces recorréis; montes erguidos
que hasta el cielo subís; verdes llanuras,
mansos arroyos y soberbios mares;
alzad todos unidos
al Dios de los nacidos
por su inmenso poder vuestros cantares.

La luz, el aire, el universo, el cielo,
todo en el mundo su poder pregona;
lo pregona en el polo un mar de hielo,
un sol ardiente en la abrasada zona;
lo anuncia con su aliento la tormenta,
la tempestad lo anuncia con el trueno,
y el hórrido volcán cuando revienta
de la montaña requemando el seno,
con voz terrible que amedrenta al hombre
de Dios repite poderoso el nombre.

Y yo escucho ese nombre soberano
entre el fragor del huracán violento,
cuando impelidas por el ronco viento
las espumosas aguas del océano
amenazan subir al firmamento;
y le escucho también cuando el torrente
arrasando los campos se dilata,
y convierte su límpida corriente
en estruendosa inmensa catarata;
y en el rayo fatídico que enciende
a la cárdena nube que se inflama,
cuando terrible en rápida carrera
por el espacio cóncavo desciende
y el bosque secular convierte en llama;
humilde, anonadado,
contemplo del Señor la omnipotencia
y entonces cual si viera
sobre la inmensa creación alzado
su brazo poderoso,
doblo abatida la soberbia frente
y arrebatado en entusiasmo ardiente,
adoro lo que veo
y dejo de pensar, y siento, y creo...

Porque todo en la tierra
pregona su poder, y desde el hombre
dotado de divino pensamiento
hasta el insecto que la flor encierra
entre las hojas que acaricia el viento,
y desde el astro cuya excelsa lumbre
traza en el cielo del Señor el nombre,
hasta el reptil que entre la yerba verde
dilata sus anillos y se pierde;
y desde el monte cuya altiva cumbre
a la región del éter se levanta
sosteniendo la espléndida techumbre
hasta el polvo que huella nuestra planta;
todo nos dice con sublime acento
y mágica elocuencia:
"Adorad del Señor la omnipotencia,
porque Él unicamente
llena la creación; todo lo absorbe,
y al extender su mano prepotente
tiembla la tierra, se conmueve el Orbe".

Pedro Santacilia y Palacios

644-María de las Mercedes Valdés Mendoza



A LA LUNA

Salve, lumbrera bella de la callada noche,
henchido de entusiasmo te mira el corazón,
vertiendo placentera desde tu excelso coche
consuelos al que gime y al bardo inspiración.

El pecho palpitando de gozo y alegría
te ofrece enardecido sus cánticos de amor,
que a mí me cansa, ¡oh luna!, la claridad del día,
me oprime su hermosura, me mata su esplendor.

Yo anhelo de la noche la plácida frescura
sobre mi joven frente sentirla resbalar,
y ver cómo vagando la brisa en la espesura
las blancas hojas besa del nítido azahar.

Y ver cómo cuajadas las gotas del rocío
le roban a las perlas su diáfano color,
y ver la tortolilla bañándose en el río
exenta de los tiros del duro cazador.

Yo quiero esos acentos sublimes y armoniosos
brotados de los senos del gigantesco mar,
sentirlos acercarse, y luego vagarosos
de súbito perderse, de súbito sonar.

Yo quiero reclinada bajo un rosal de Cuba,
ceñida la cabeza de cándido jazmín,
que mi canción se eleve, que hasta los cielos suba,
y allí la guarde tierno de Dios un querubín.

¡Cuántos hechizos, cuántos de un gozo indefinible
le brindas, blanca luna, al mísero mortal,
cuando entre nubes bellas le muestras apacible
y ostentas esplendente tu rostro celestial!

¿Y quién serás?, ¡oh reina del claro firmamento!
Tu fúlgida existencia no puede comprender,
que siempre se confunde y muere el pensamiento
cual ola desgraciada al punto de nacer.

¿Será tal vez la maga que escucha cariñosa
de los amantes fieles el triste suspirar,
y de sus almas puras la pena congojosa
sensible y compasiva te place consolar?

¿O acaso del eterno un ángel destinado
para pesar del hombre la criminal acción,
y al verlo de maldades y vicios circundado
te ocultas abatida en tu alto pabellón?

Por eso muchas veces he visto tristemente
cubrirse tu semblante de pálido capuz,
por eso muchas veces te nublas de repente
y ocultas los reflejos de tu admirable luz.

Mas son delirios vanos, ensueños ardorosos,
lanzados, al mirarte, del vivo corazón,
fantasmas altaneros que vienen engañosos
a oscurecer la antorcha feliz de la razón.

Jamás, hermosa reina del claro firmamento,
jamás podré un instante tu vida comprender,
que siempre se confunde y muere el pensamiento
cual ola desgraciada al punto de nacer.

Esconde en tu albo seno los fúlgidos arcanos,
velados a los ojos del mundo terrenal.
La ciencia de la tierra, los cálculos humanos,
se estrellan en tu trono de límpido cristal.

Mas yo quiero sentada bajo un rosal de Cuba,
ceñida la cabeza de cándido jazmín,
que mi canción se eleve, que hasta tu solio suba,
bien seas preciosa hada, o tierno querubín.

María de las Mercedes Valdés Mendoza

805-Juan María Gutiérrez



MI BANDERA

¡Bandera de mi Patria! Está completa
la ambición de mi pecho entusiasmado:
porque para cantarte soy poeta,
y para defenderte soy soldado.

Doble misión de bardo y de guerrero:
permite al hijo que en tu amor se inspira
a tus servicios consagrar su acero,
¡y a tus hazañas dedicar su lira!

Si estás en paz, ¡bandera idolatrada!,
canta mi lira de la paz la fiesta.
Si estás en guerra, mi fulgente espada
brilla en mi mano a combatir dispuesta.

El himno vuela, el sable centellea
con fulgor que ilumina la victoria,
y ambas fuerzas, las armas y la idea,
las tengo yo para afirmar tu gloria.

Y si a silbar volvieran las metrallas
en torno de tus bravos defensores,
que me conceda el Dios de las batallas
morir bajo tus pliegues bicolores.

Te juro que al caer, ¡bandera mía!,
por muerte honrosa, el pecho destrozado,
aún te podré cantar mi poesía,
con mi último suspiro de soldado.

Juan María Gutiérrez

809-Carlos Walker Martínez



HIMNO UNIVERSAL

Cada nota que el viento murmura,
cada rayo de luz en el sol,
cada flor en la verde llanura
es un himno a la gloria de Dios.

Marineros que alzáis con orgullo
en la popa gentil pabellón,
de las olas el ronco murmullo
os proclama la gloria de Dios.

Labradores que al bosque sombrío
disputáis de la tierra el favor,
el rumor de las mieses de estío
os enseña la gloria de Dios.

Es el mundo una lira sublime
que modula en eterna canción,
si suspira, si canta o si gime,
siempre, siempre la gloria de Dios.

Carlos Walker Martínez

810-José María Gabriel y Galán



INMACULADA

Musa mía campesina,
que vives enamorada
de la fuente y de la encina,
de la luz de la alborada,
de la paz de la colina,

del vivir de mis pastores,
del vibrar de sus sentires,
del pudor de sus amores,
del vigor de sus decires
y el callar de sus dolores...

¿No me has dicho, musa mía,
que te placen cosas bellas?
¡Pues viértete en armonía,
que es centro de todas ellas
la belleza de María!

¿No me dices, cuando cantas
el candor y la humildad,
que te placen cosas santas?
Pues María es, entre tantas,
la más grande santidad.

¿No tienes para la alteza
de cosas puras tonada?
¡Pues la esencia, la riqueza,
el sol de toda pureza
es María Inmaculada!

¡Rima y canta musa adusta!
¡Canta el misterio insondable
cuya grandeza te asusta!...
¡La divina Madre Augusta
con los pobres es amable!

Yo la he visto sonriente
escuchando el balbuciente
decir de rudos cantares
que ante míseros altares
le rimaba ruda gente...

Gente de sano vivir
que al sentirla Inmaculada,
le cantaba su sentir.
¡El del alma enamorada
es el más bello decir!

¡Madre mía! ¡Madre mía!
¡Que beba mi poesía
pureza de tu pureza!
¡Que aprenda a tomar belleza
de tu belleza María!

¡Que suba tu amor ardiente
del corazón del creyente
a la mente del poeta,
y oirás el himno ferviente
que el gran misterio interpreta!

¡Que el mundo pura te adore!
¡Que te cante y que te implore!
¡Que tú le mires amante
cuando rece, cuando llore,
cuando bregue, cuando cante!

Y que a una voz concertada
diga ante tanta grandeza
la Humanidad prosternada:
¡Gloria a Dios en la pureza
de María Inmaculada!

José María Gabriel y Galán

831-Joaquim Rubió i Ors



HIMNO DEL NIÑO AL CREADOR

En los labios de mi padre,
tu nombre, oh Dios, aprendí,
nombre dulce para mí
cual los besos de mi madre.

Por ellos supe, ¡oh mi Dios!,
que del cielo las estrellas,
las aves y flores bellas,
formasteis para mí, Vos.

De vuestra bondad me hablaron,
y vuestro amor me dijeron,
y os quise cuanto os quisieron,
y oré a Vos, cuando os rogaron.

Después os vi, Rey del cielo,
del sol en los resplandores,
del clavel en los olores,
de las aves en el vuelo.

Os vi en la brisa que pasa,
en el mar que el viento riza;
y el vapor que se desliza
cual nevado chal de gasa.

Doquiera os vi y os amé,
que es imposible, Señor,
siendo cual sois, todo amor,
no amaros, teniendo fe.

Joaquim Rubió i Ors

840-José Cadalso y Vázquez de Andrade



A VENUS

Madre divina del alado niño,
oye mis ruegos, que jamás oíste
otra tan triste lastimosa pena
como la mía.

Baje tu carro desde el alto Olimpo
entre las nubes del sereno cielo,
rápido vuelo traiga tu querida
blanca paloma.

No te detenga con amantes brazos
Marte, que deja su rigor al verte,
ni el que por muerte se llamó tu esposo
sin merecerlo.

Ni las delicias de las sacras mesas,
cuando a los dioses llenos de ambrosía,
alegre brinda Jove con la copa
de Ganimedes.

Ya el eco suena por los altos techos
del noble alcázar, cuyo piso huellas,
lleno de estrellas, de luceros lleno
y tachonado.

Cerca del ara de tu templo, en Pafos,
entre los himnos que tu pueblo dice,
este infelice tu venida aguarda:
baja volando.

Sobre tus aras mis ofrendas pongo,
testigo el pueblo, por mi voz llamado,
y concertado con mi tono el suyo
te llaman madre.

Alzo los ojos al verter el vaso
de leche blanca y el de miel sabrosa;
ciño con rosas, mirtos y jazmines
esta mi frente.

Ya, Venus, miro resplandor celeste
bajar al templo; tu belleza veo;
ya mi deseo coronaste, ¡oh madre,
madre de amores!

Vírgenes tiernas, niños y matronas,
ya Venus llega, vuestra diosa viene;
el aire suene con alegres himnos,
júbilo santo.

José Cadalso y Vázquez de Andrade


A LA FORTUNA

Fortuna, a quien el vulgo llama diosa
(y tanto tu inconstancia lo desmiente),
ni creas que tu ceño me amedrente
ni que por ver tu cara más gustosa
inmute yo mi frente.

Con ella levantada te he mirado,
despreciando tus males y tus bienes;
y cuando de triunfar del orbe vienes,
te venzo, y del laurel que tú has ganado
corono yo mis sienes.

José Cadalso y Vázquez de Andrade

992-Servando Camúñez Echevarría



HIMNO DEL CENTENARIO

¡Cádiz, despierta! ¡Cádiz, levanta
a las alturas tu pensamiento!
En tu recinto, cual arca santa
puso la Patria su sentimiento,
sus esperanzas y sus dolores,
sus dignidades y su energía.
¡Cádiz augusta! Hoy es el día
de hacer coronas de egregias flores
para tus hijos, los luchadores
que enaltecieron tu nombradía.

Hoy hace un siglo que el mundo entero
vio sorprendido tu resistencia
ante el coloso que traicionero
quiso quitarnos la independencia.
Hoy hace un siglo, ¡Cádiz hermosa!,
que ante tus muros y tus cañones,
llena de rabia la poderosa
dominadora de cien naciones,
vio disiparse sus ilusiones
con tu respuesta maravillosa.

¡Cádiz, despierta! ¡Cádiz, levanta
a las alturas tu pensamiento!
Como la antorcha que se agiganta
a los embates del raudo viento
es la aureola de tus lealtades,
de tus honores, de tu firmezas,
de tus excelsas serenidades,
de tus bravuras, de tus realezas...
gloria y asombro de las edades.

Servando Camúñez Echevarría